28 de diciembre de 2009

Memorias del 24º Festival de Mar del Plata (tarde pero llega)

No siempre es más verde el pasto del vecino

Humpday, Lynn Shelton (2009). El planteo es sencillo: dos amigos de la universidad vuelven a encontrarse después de muchos años, uno eligió el camino burgués y sentó cabeza, tiene casa, esposa y trabajo estable y está estudiando la forma de convertir su oficina en cuarto de niños; el otro viaja por el mundo persiguiendo difusos proyectos artísticos, escuchando Manu Chao, sin afeitarse y bañándose bastante. Los hombres se quieren, son amigos, casi hermanos. Cuando ve a Andrew tocar a madrugada el timbre de la estable casa de Ben en Seattle uno está tentado de apostar cuál va a ser el planteo de la pelicula. Pero esta inteligente comedia de Lynn Shelton despacha en dos diálogos lo que podía esperarse de este choque de cosmovisiones y vuelve a subir la apuesta cuando nos muestra cómo los dos amigos planean, durante una charla de borrachos en un fiesta ligeramente descontrolada, rodar la primera película porno gay hecha por heteros. Ajá , dice el espectador avezado, es una de machos amenazados en su integridad sexual, o, en el mejor de los casos, es una de pluralidad y tolerancia. Pero, otra vez, cuando los lugares comunes que esperábamos encontrar se agotan, descubrimos que la historia que se quiere contar es un poco diferente.

Sí, es verdad que la película habla sobre la identidad, pero no la sexual; habla sobre el deseo pero no sobre qué tipo personas quiere uno tener en la cama. Porque el proyecto de la porno no se desvanece, como era lógico, a la luz del alba y la sobriedad, sino que se convierte en algo así como una apuesta que enfreta a los amigos ante la necesidad de demostrarse mutuamente cuán mente abierta son. El burgués siente que necesita mostrarle a su amigo que su matrimonio no es un grillete (aun cuando todo parece indicar que en realidad no lo es) y el hippie que está a la altura del personaje que representa y las fantasias que encarna. Pero la realidad, más allá de la puja de estos hombres en los 30 temerosos de no ser lo que se espera de ellos, es que ninguno de los dos tiene ninguna necesidad de experimentar nada diferente de lo que experimenta cada día. Ambos están felices con el curso que llevan sus vidas. Solamente ante la mirada del otro (y fundamentalmente de ese otro de quien la opinión importa) las elecciones tomadas en la vida parecen necesitar justificación.


La historia está contada con infinidad de detalles astutos y excelentes diálogos que se sostienen con buenas actuaciones. Sin costumbrismo y con inteligencia, va construyéndose esta buddy movie que muestra un ojo atento y una fina sensibilidad para captar códigos de circulación del misterioso "entre nos" masculino. Algo recuerda en su punto de vista a otras comedias masculinas como Hi fidelity de Stephen Frears, pero el hecho de que en este caso la directora (y también guionista) sea una mujer le agrega un mérito extra.

Alguien dijo alguna vez que el deseo se define por la ausencia, por lo que no se tiene. Esta pelicula viene a demostrarnos lo opuesto a esta máxima. En Humpday, nadie desea algo distinto de lo que tiene y, para sorpresa del espectador inquieto, queda demostrado que eso es lo más osado. Sólo en la mirada del otro está el infierno.

6 de diciembre de 2009

Todos estos años de gente

("Las bandas eternas", Spinetta en Velez, 04-12-09) Con la promesa de un reencuentro con las grandes bandas de Spinetta, 30.000 personas nos congregamos en el estadio de Vélez la noche del viernes. Mucha gente, y muchos tipos de gente: desde adolescentes criados bajo la tutela de “La Mega”, hasta hippies veteranos de la primera hora de Almendra, pasando por jóvenes pseudoignorantes de la obra del Flaco y emuladores de Alfredo Rosso, que se deleitaban al narrar los pormenores de cada una de las agrupaciones. Todos esos años de gente, en el mismo campo, en las mismas plateas, esperando lo mismo.

Pero el evento no se limitó a lo prometido. Lo que a priori iba a ser un repaso por su carrera, terminó siendo una especie de revisión de todo el rock nacional según Spinetta. Canciones de Tanguito, de Manal, de Miguel Abuelo, de Pappo, de Charly García, de Soda Stereo, entre muchas otras. Quizás porque el recital no alcanzaba para tocar composiciones de todos los músicos, algunos de ellos simplemente subieron al escenario para acompañar al Flaco. Cerati, Charly, Mollo, Fito Páez y Juanse, se sumaron a la decena de invitados que rotaron para acompañar a Spinetta en el repaso de su carrera.

Fue una noche larga (larguísima), que como toda obra larga tuvo sus altibajos, y lejos de lo que cabría esperarse, no empezó con todo. De hecho, los primeros minutos resultaron bastante fríos. El Flaco eligió subir al escenario sin ningún instrumento, solo con una lista de grandes ausentes que fue leída más que pacientemente.

Pero no fue sólo eso lo que generó la frialdad. Las primeras canciones del show resultaron ser las últimas de su carrera. Miles de personas entusiasmadas con oír viejos clásicos, tuvieron que conformarse con empezar oyendo algunas de las muy bellas, pero somníferas, nuevas composiciones del Flaco.

Pero cuando en el campo empezaban a multiplicarse los casos de gente sentándose, vencidos por el poder sedante de Spinetta, hizo acto de presencia el primer invitado tribunero de la noche: Fito Páez. Con él, hizo Las cosas tienen movimiento, del rosarino, y Asilo en tu corazón, de La, la, la (quizás el mejor disco de Fito, gracias a la compañía de Spinetta) que lograron despertar la libido de la gente.

A partir de ese momento la noche tuvo momentos irregulares, pero siempre en un in crescendo de intensidad. Con puntos realmente altos de emoción como cuando una versión spinettiana de Filosofía barata y zapatos de goma prologó la presencia de Charly García, con quien tocó, obviamente, Rezo por vos. O como cuando Cerati acompañó al Flaco para versionar Te para tres de Soda Stereo, y Bajan del disco Artaud.

Cuando el público ya estaba totalmente entregado, Spinetta sorprendió anunciando un descanso. Hay que admitir que era necesario, ya que para ese momento de la noche llevaba dos horas y media ininterrumpidas de show. Para el regreso se prometía lo mejor, el reencuentro de las “bandas eternas” Invisible (logrando el clímax con Durazno sangrando). Con el rock duro de Pescado Rabioso, Spinetta demostró que aún le queda sangre en las venas como para rockear canciones como Me gusta ese tajo o Post-crucifixión. Y para el final, el set hippie nostálgico de Almendra. Para ser justos habría que decir que fue la banda que peor sonó dentro de la excelencia de la noche. Pero esto se vio compensado por la emotividad del encuentro y el momento casi ritual en el que aproximándose en una ronda, el Flaco le dedicó a su madre Muchacha ojos de papel.

Spinetta volvió a aparecer, casi jugando con la paciencia de sus cansados seguidores. “¿Tienen sueño? Hubieran ido a ver a AC/DC?”, bromeó, pronunciado el nombre de la banda en una perfecta españolización. Esta vez estaba acompañado por los familiares de los chicos de la tragedia de Ecos. Con ellos y Mollo, tocó la canción que especialmente compusieron con Gieco para apoyarlos.

Por último, y para premiar la paciencia del público luego de cinco horas de recital, finalizó el show con Seguir viviendo sin tu amor y No te alejes tanto de mí (quizás doblemente dedicada a los cobardes que agotados huían de la persistencia de Spinetta, y a los valientes fieles que seguían pidiendo más y más canciones), todo esto bajo la condición de que corearan como nunca.

Y al igual que comenzó el show con un discurso, para el final optó por lo mismo. Esta vez para denunciar lo garcas o poco sutiles que fueron los editores de la Rolling Stone al censurar su intento de apoyo a los familiares de Ecos. Así, en calma, finalizó un show de cinco horas y media, donde se repasaron cuarenta años, no solo de Spinetta, sino de rock nacional.

4 de diciembre de 2009

Imitation of life


(500 days with Summer, Marc Weeb, EEUU. 2008) Si dos personas se enamoran escuchando a The Smiths, el romance no puede otra cosa que estar signado por una dulce amargura. Así se conocen los protagonistas de 500 días con ella y ese punto de encuentro marca el espíritu de escepticismo esperanzado que va a impregnar toda la historia.

Marc Weeb ve la experiencia amorosa como una fantasía unilateral, por eso la muestra como un artificio, como una construcción ficcional en la que no importan los hechos, el tiempo ni el lugar. Lo único relevante es cómo el enamorado vive esa ilusión romántica, cómo se mantiene en la burbuja que fatalmente se va a pinchar.

Por eso, el relato de la película está cronológicamente alterado, empieza por el final y afirma que la que se nos va a contar es una historia de amor fallida y que el héroe terminará derrotado. Inmediatamente nos lleva al génesis, a la forma en que Tom (Joseph Gordon-Levitt)descubre todos los datos objetivos que le indican que Summer (Zooey Dechanel) es su chica ideal. Adoptamos el punto de vista del muchacho y vemos como uno a uno éste vive los hitos mágicos de la relación, los momentos donde todo se ve color de rosa. Pero el director es cínico y astuto, y mediante recursos estéticos nos hace desconfiar de la visión del protagonista, todo suena a irreal en lo que pasa. Es así que la felicidad post coito se representa en forma de coreografía musical callejera, con pajaritos de Encantada incluidos. También la ilusión de una vida doméstica feliz está teñida de simulacro. La supuesta dichosa pareja prueba los muebles de exhibición en la tienda Ikea, juega “a la casita” en una escenografía artificial en donde todo tiene etiqueta de precio.

Incluso hay signos de alarma en la construcción del personaje femenino. Summer es de esas señoritas un poco excéntricas y misteriosas, plagada de pequeños detalles que las vuelve supuestamente encantadoras. Dice que no quiere compromisos, pero en los hechos se comporta pidiendo a gritos que le den guerra. Cara de ángel, corazón de demonio, la famosa mosquita muerta pensamos todos menos su amante.

Más tarde, mientras todo se desmorona y ya las cartas están jugadas, las diferencias entre lo esperado y lo que realmente sucede se vuelven explícitas: las pantallas se divide en dos y por un lado presenciamos lo que podría haber sido si las esperanzas de Tom se concretaran y por otro lo que es, la cruda realidad del abandono.

Finalmente, cuando la película vuelve a su principio/final y el ocaso se hace explícito, uno se pregunta si vale la pena ser tan desconfiado o si hubiéramos sido más felices de haber asistido a los acontecimientos con la inocencia gozosa de Tom.

500 días con ella funciona como manifiesto postpostmoderno. Es una petición de principios que reconoce la fría realidad, pero cree que puede ser modificada, aunque sea un poco. Nos dice que todos vivimos los fines del siglo XX y sabemos que el amor es casi una utopía, pero que vale la pena no quedarse solo y seguir la experiencia amorosa como objetivo, cual burro a la zanahoria. Porque entre el deslumbramiento y el necesario desencanto hay un camino de autoengaño por demás gozoso y que vale la pena experimentar.

9 de octubre de 2009

Otra vuelta de tuerca


("Pajaros en la boca", Samanta Schweblin, Ed. Planeta-Emece) En tiempos donde la no ficción, lo casi autobiográfico, el realismo casi costumbrista y las influencias de Arlt y Gombrovics son casi hegemónicos en la “nueva” literatura Argentina, los cuentos de Samanta Schweblin significan un baldazo de agua fría agradable y necesario.

Cortázar, para definir lo fantástico decía que en la realidad, “entre dos cosas que parecen perfectamente delimitadas y separadas, hay intersticios por los cuales pasa, se cuela, un elemento, que no puede explicarse con leyes, que no puede explicarse con lógica, que no puede explicarse con la inteligencia razonante”. Esta definición, si bien Cortázar la uso para explicar sus cuentos, parece ajustarse con precisión a las narraciones de Schweblin.

Una chica perfectamente normal, un día comienza a comer pájaros; un padre esperando a su hija a la salida del colegio, mata una mariposa y luego descubre que en realidad mató a su propia hija; los chicos de un pueblo, sin razón aparente, empiezan a cavar un pozo que terminará tragándoselos sin dejar rastros. Lo absurdo, lo caprichoso, aparece en sus cuentos no como una configuración alternativa de la realidad, sino como un elemento natural, que se filtra entre lo cotidiano.

Sin renegar a la herencia de los “grandes padres” de su generación literaria, ella parece haber decidido sumar al cocktail otros nombres. Así, por ejemplo, es imposible ignorar el uso ambiguo de la perversidad a lo Silvina Ocampo, la utilización de niños para cambiar el foco de la narración de Liliana Heker, o la generación de inquietud a partir de lo eludido, al mejor estilo Carver o Salinger.

Pero quizás, el mayor mérito de Schweblin no esté tanto en los ingredientes que eligió para crear sus ficciones, sino la forma original y efectiva en la que realizó la mezcla. Esas influencias, si bien se notan cuando se lee con lupa, no saltan a la vista en una primera lectura. No se trata de que escriba un cuento “a lo Ocampo”, uno “a lo Cortázar” y otro “a lo Carver”, sino que unió detalles de cada estilo, para crear su propia voz.

Una voz cargada de violencia e impotencia, pero no siempre regodeándose en eso. En algunas narraciones, como Cabezas contra el asfalto, el protagonista utiliza esa violencia como escape de su realidad, golpeando contra el piso a todo aquel que “hiera su sensibilidad”. Pero en muchas otras, lo extraño se filtra en lo cotidiano de las personas casi sin buscarlo, como una metáfora de la propia vida, arrastrándolos a situaciones absurdas que a la larga terminan adoptando como propias. También las hay donde lo extraño, lo fantástico solo se deja adivinar, se intuye en el ambiente, pero jamás es nombrado, empujando al lector a pelear contra sus propios fantasmas.

Este segundo libro de Samanta Schweblin, ganador del premio “Casa de las americas ”, termina de confirmar que no se trata solo de una promesa de la joven narrativa argentina, sino que ya es una autora con peso propio para merecer un lugar en nuestra biblioteca.

5 de octubre de 2009

Alice in Neverland

("Los libros de Alicia", Lewis Carroll. Ed. De La Flor) Algunos personajes logran tanta fama, que terminan eclipsando a sus propios creadores. El éxito que consiguen es tan grande, que abandonan la mano del autor que los inventó, y se internan en el imaginario popular como si siempre hubiesen estado allí.

Si se le preguntara a Charles Dogson su opinión sobre el hecho de que Alicia sea uno de esos personajes, me animo a suponer que no le habría molestado en absoluto. No es una suposición muy arriesgada si se tienen en cuenta los esfuerzos que realizó el autor por ocultar la mano detrás de sus libros. “Lewis Carroll”, el nombre con el que la mayoría de nosotros conoce al autor, no es más que un seudónimo elegido por él mismo para despistar a posibles admiradores.

Los libros de Alicia, editado por De la Flor, viene a devolverle a Dogson el papel protagónico que nunca tuvo que haber perdido. Incluye Alicia en el País de Las Maravillas, Alicia a través del espejo (con La avispa con peluca, el capitulo omitido en la versión original) y La Caza del Snark. Ya de por sí, esos títulos alcanzarían para justificar la existencia de este libro en nuestras bibliotecas. Pero lo que lo transforma en un imprescindible, son los materiales añadidos que presenta.

Para empezar, las brillantes notas de Eduardo Stilman, no se limitan a las necesarias aclaraciones sobre los juegos de palabras y demás guiños que se pierden en la traducción: la principal virtud de estas notas es la de poner a Charles Dogson en medio de la escena. Usando de excusa los elementos nombrados en las diferentes obras, nos va contando una a una las obsesiones que dominaron la mente del escritor: sus invenciones, su placer por la matemática y la lógica, los juegos que inventó, y muchas más. También funcionan como una suerte de brújula literaria: ubican la obra de Lewis Carroll en la historia de la literatura, citando sus influencias (las que lo inspiraron y las que inspiro él). No sólo nos ayudan a comprender el contexto en que fueron creados los libros, también le devuelve a Dogson el valor que merece en la historia de la literatura.

Una vez presentadas las tres historias, a modo de “bonus track”, se ofrece una selección de las cartas que Dogson escribió a sus “niñas amigas”, a lo largo de toda su vida. Esta correspondencia es tan atrapante, que al finalizar el libro, nos habremos olvidado por completo de Alicia y las demás historias. Es que a partir de ellas uno toma conciencia del real talento del escritor, comprende mucho más que sus obras, y decididamente ya no puede leerlas con los mismos ojos.

Dogson era un personaje sumamente ambiguo y exótico. Diácono (renunció a ser nombrado sacerdote, según dicen, por culpa de un insoportable tartamudeo), profesor de matemáticas, inventor, fotógrafo, y sobre todo amante de las niñas. Estos dos últimos rasgos, son los más controversiales y enigmáticos de su vida.

A pesar de ser únicamente un fotógrafo aficionado, llegó a ser uno de los mayores retratistas de niños en su época. Esto no tendría nada de controversial, si no fuera por la insistencia en realizar dichos retratos con “la menor cantidad de ropa posible”, y, si se le permitía, sin la presencia de los padres al momento de tomar las fotos.

También resultan inquietantes las diferentes estrategias que utilizaba el escritor para “seducir” a sus amiguitas. Cuando se cruzaba, por ejemplo, con una niña en un tren, se aproximaba y llamaba su atención con juegos que llevaba siempre en sus valijas o que inventaba en el momento. Una vez establecido el contacto y ganada su simpatía, pedía autorización a los padres para iniciar una correspondencia con la chica. Luego, las cartas se multiplicaban por cientos (tanto es así que tuvo inventar un archivador para ordenar las cartas contestadas y las que quedaban por contestar, con una pequeña síntesis de su contenido, para no perder la cuenta), las invitaba a pasear, pedía permiso para tomarles fotografías, y las invitaba a su casa en Christ Church que, al mejor estilo del “neverland” de Michael Jackson, era una suerte de paraíso de juguetes para los chicos.

Pero esta inquietud, si bien no termina de desaparecer, a lo largo de las cartas se va tornando ambigua, y uno logra, sino comprenderlo, al menos otorgarle el beneficio de la duda. Las cartas están dominadas por un afecto que, salvo en algún caso específico y dudoso, no deja sospecha de perversión. La correspondencia de Dogson se sitúa en un lugar intermedio entre la madurez del emisor de las cartas, y la niñez de las receptoras. En cada carta hay un mundo que se mueve indistintamente entre la realidad y la fantasía. Un sentimiento lúdico, afectuoso, que salvo en los pedidos para tomar fotografías, no sobrepasa el límite con la perversión.

Es realmente enternecedor el dramatismo con el que Dogson reacciona ante el paso inevitable del tiempo, cuando sus “niñas amigas” van creciendo e indefectiblemente, las pierde. Algunas de esas amigas continúan siendo “niñas” para él, y lejos de tratarse de una metáfora, sigue escribiéndoles como si fueran tales. Un auténtico Peter Pan buscando entretener a sus niñas perdidas con historias para que no crezcan.

El volumen se completa con el brillante prólogo de Borges, y abundante material gráfico. Los bocetos y dibujos originales del propio Carroll, diferentes ilustraciones de dibujantes de todas las épocas inspirados en Alicia, y una selección de las fotografías que les sacaba Dogson a sus amigas.

Si no fuera por la calidad del papel y la encuadernación del libro, estaríamos hablando de perfección. Es una obra que cualquier persona que disfrute mínimamente la literatura debería tener. Por lo brillante de las obras en si, por lo brillante de las notas, por lo apasionante de las cartas, y por la belleza de las fotografías e ilustraciones que incluye.

30 de septiembre de 2009

Se busca un alma

(Gustavo Cerati. Fuerza Natural. 2009) Después de llenarse los bolsillos con la resurrección transitoria de Soda Stereo, Gustavo Cerati volvió a la soledad musical. Pero se ve que eso de andar en grupete le afectó la personalidad y ahora, ya cincuentón, no acierta en encontrar una identidad musical propia.

A Cerati siempre se lo acusó de “camaleoneidad”(léase este neologismo grosero como la propiedad de cambiar de colores según los dictados de las nuevas olas). Sin embargo, sus defensores argumentaban, no con poca razón, que esa propiedad de mutar no era una vergüenza sino un talento para aprovechar las influencias y crear un arte propio. Sus canciones, entonces, nos llevaban a un recorrido por la música del mundo vista a través de los lujosos cristales de Gustavo, con formas y colores propios y particularisímos.

Pero ahora, con su nuevo disco Fuerza Natural, esos cristales se rompieron y Cerati no sabe como pegar los pedazos. El resultado es una sucesión de temas con orquestaciones y ejecuciones exquisitas, pero sin alma, como si hubieran sido compuestas y ejecutadas por sesionistas de primera categoría, pero que trabajan solamente por la paga. Las guitarras están impecables (Cerati es muy buen guitarrista y por ahí se sospecha también la presencia de los dedos mágicos del gran Richard Coleman)y el maridaje con los instrumentos electrónicos es perfecto, sin embargo nunca estrujan el alma, no dan ganas de poner repeat en el mp3. Todo es muy profesional, sin embargo no innova ni conmueve.

Las letras también sufren el síndrome de la falta de identidad y acá Cerati se camufla en la personalidad de los que comparten la firma en cada lírica. Es así que cuando escribe con su hijo Benito, el tono es adolescente, casi ridículo para un señor con alopecia incipiente, mientras que cuando compone con Coleman se vuelve frío y oscuro como la prosa del líder de Los Siete Delfines. Por último, las letras encuentran su mejor forma y calidez cuando Gustavo se asocia con Adrián Cayetano Paoletti y forma la sociedad más feliz del disco.

¿Dónde habrá quedado el alma de Cerati? Se la puede ver brillar tenuemente en Magia, Fuerza Natural (la más Soda del disco), Convoy y Sal, pero por el momento, conviene volver a buscarla por otros territorios, en discos como Bocanada o los siempre queridos hits de Soda Stereo.

28 de junio de 2009

La foto salió movida

(“Papeles Inesperados”, Julio Cortázar. Ed. Alfaguara, 2009) Cualquier recopilación de textos inéditos es, de por si, algo que despierta sensaciones contradictorias. Por un lado, salvo en los casos donde la mayor parte de la obra del autor es inédita (como con Kafka) genera la protesta de “Che, si no lo editó mientras estuvo vivo por algo será”. Por otro lado, cuando el escritor en cuestión es uno de nuestros preferidos, es casi imposible sobrevivir a la tentación de echarnos encima de las migajas que se cayeron mientras realizaba su obra, como quien le pasa el pan al plato.


“Papeles inesperados”, la compilación que recientemente editó Alfaguara de relatos inéditos de Cortázar, viene a sumar mas conflictos aún a los ya nombrados. Se trata, “en su mayoría” (según la editorial) de textos rescatados casi por casualidad de un cajón olvidado en el escritorio de Cortázar. Apenas uno se entera de esta historia, es prácticamente incapaz de resistirse al deseo de echarle una ojeada a esos papeles.


Pero la triste realidad es que esos escritos son minoría dentro de la compilación y, para colmo, son los menos interesantes. El caso más triste y paradigmático de esta “estafa” es un cuento supuestamente inédito de “Un tal Lucas”, cuya única diferencia con una narración aparecida en ese libro, es el titulo.


Hay un par de ficciones que escapan a esa regla, como un capítulo suprimido de Rayuela (que no pertenece al “tesoro encontrado”), y algunos cuentos más que se mantienen a la altura, pero que por si mismos no justificarían la compra.


La mayor parte son artículos rescatados de publicaciones en diarios de la época; prólogos a ciertos libros, y un par de cartas (abiertas y no tanto) que escribió a lo largo de su vida. Pero a pesar de no haber sido “rescatados” del famoso cajón, terminan siendo los más atrapantes y los que más interés aportan al volumen.


Enganchan porque logran bajar a Cortázar del pedestal canónico donde se encuentra tradicionalmente, y lo devuelven a la posición de escritor polémico y resistido en su época. No son pocos los artículos donde se dedica por completo a defenderse de distintos ataques (su relación con Cuba, su adopción de la ciudadanía francesa, su radicación en Francia, su “argentinidad” y hasta el uso del género fantástico, entre otros).


También abundan los escritos tanto periodísticos como de congresos, donde el eje esta formado por cuestiones políticas. Más allá de si uno concuerda o no con los ideales de Cortázar, llaman la atención en un sentido histórico. El hecho de que ciertos problemas sean tratados en presente, y de una forma cotidiana, sirve para ver esa etapa con otros ojos. Además, son los que con más éxito logran el objetivo de “completar” la obra general del autor, ya que muestran una faceta un poco más alejada de su rol literario y más centrada en sus actividades políticas.


Pueden resultar un poco reiterativos ya que suelen tratar, en general, sobre los mismos temas. Pero como son artículos de actualidad, logran atrapar desde los hechos puntuales que aborda en cada uno: ciertas declaraciones del General Viola, distintas aproximaciones al problema cubano, la caída de Allende, el proceso argentino durante el mundial 78, y muchos mas.


Otros textos son una suerte de diarios de viaje, en su mayoría a Cuba, pero también a México y la India. En ellos, la crónica, a través de los ojos lúdicos de Cortázar, se desprende del lugar común y se inscribe dentro del realismo fantástico que caracteriza al autor. El resto del libro consta de algunas poesías no muy afortunadas, ensayos sobre ciertos personajes contemporáneos y algún que otro juego literario con amigos.


“Papeles Inesperados”, es un libro que al terminarlo, deja la sensación de no haber cumplido con lo que prometía. Pero como aquel Cronopio que buscando las llaves en sus bolsillos se encontró con fósforos; uno, buscando encontrar nuevos cuentos de Cortázar para regocijarse, puede encontrar en este libro una suerte de maquina del tiempo. Sentir por unos momentos que vivimos en los años en los que escribió su obra, y conocer en detalle las diferentes luchas que tuvo que pelear tanto para defenderse a si mismo, como para defender los ideales que adopto a lo largo de su vida.

22 de junio de 2009

El Elogio de la Locura


(Cuentos completos, Leopoldo Maria Panero, Ed. Paginas de Espuma) La película “El desencanto”, o al menos la reseña que apareció hace unos días en este blog sobre ella, bien sirven como introducción a los Cuentos Completos de Leopoldo Maria Panero.
Pero si usted es vago; o no le interesa el cine; o no le gusta como escribe sus reseñas P.S., le alcanza con saber que el autor de estos cuentos, es hijo de Leopoldo Panero, uno de los principales poetas e intelectuales del franquismo. Sirve decir también que desde pequeño su vida es un derrotero por los distintos manicomios de España. Y por ultimo, vale remarcar, que es, dentro de la familia Panero, el principal retractor de la obra de su padre.

Esta relación conflictiva (siendo amables) con su progenitor, se deja ver con mayor énfasis en el primer libro recogido en esta edición, “El lugar del hijo”, donde todos los relatos giran, o al menos tienen como un ingrediente central precisamente las relaciones filiales: padres que comen a sus hijos, e hijos que matan a sus madres, entre otras perversiones. Este rasgo es llevado al extremo en “Presentimiento de la locura” (uno de las mejores narraciones del libro), donde un padre borracho y su hijo adoptado van alternándose en los roles de víctimas y victimarios a lo largo de las páginas.

Pero a medida que uno avanza por las páginas de Panero, empieza a darse cuenta de que la relación con su padre, lejos de ser un eje temático en su obra, solo le sirvió como “inspiración” para su primer libro. El eje, en realidad esta formado por tres conceptos que interactúan en todos y cada uno de sus cuentos: La locura, la ciencia, y la mística.
Locos que acceden al conocimiento por medio de la magia negra, científicos que gracias a la locura alcanzan un conocimiento místico. La ciencia y la locura son, en el universo de Panero, dos medios similares para alcanzar el mismo fin.

Esa búsqueda siempre esta minada de excesos y de horror: Asesinatos, canibalismo, sacrificios, rituales escatológicos. Todo tipo de excentricidad, si es lo suficientemente desagradable, parece valer, según Panero, para acceder a ese conocimiento superior, que es siempre potestad del loco.

Todo lo dicho hasta ahora puede sonar atractivo, al menos para gente perturbada como uno, pero plasmado en el papel no siempre termina siendo tan satisfactorio como promete. En realidad, al leer los cuentos de Panero no puede evitar la sensación de estar leyendo a un autor tardío. Uno no reconoce en él un escritor post-franquista, hijo de las corrientes narrativas de la segunda mitad del siglo XX, sino más bien da la impresión de ser un escritor del siglo XIX. Los nombres que golpean nuestros cerebros son viejos conocidos como Poe, Rimbaud, Baudelaire, Lautréamont, y, principalmente, Lovecraft.

Esto puede ser un dato menor, incluso esnob, por considerar un defecto el hecho de no ser “moderno”. Pero hay dos detalles que vuelven estos detalles algo fatal para su obra. El primero, es que Panero no es Lovecraft, Poe, ni ningún otro de sus “mentores”, y se nota. El segundo, es que el lector contemporáneo es muy distinto al lector del siglo XIX. Lo místico relacionado con la ciencia, e incluso con la locura eran temas que en el siglo XIX podrían ser considerados incluso tópicos. A nadie le extrañaba leer en Poe que un médico por medio de la hipnosis lograra hablar con un muerto. Pero hoy por hoy, cuando leemos a Panero, es sumamente difícil sentir la misma inquietud. Pensar que, como ocurre en el relato “El lente”, un microscopista logre ver el infierno en una gota de agua es algo muy poético, pero en absoluto inquietante.

Lo místico, en sus cuentos, en lugar de generar “terror”, genera alivio. Relatos que logran que uno se inquiete, explotando de forma brillante la ambigüedad de la locura, son arruinados con estruendo por la solución mística, caprichosa, incluso forzada en algunos casos, que rompen absolutamente el clima de la narración.
Quizás por eso los relatos que mejor sabor de boca dejan son los del segundo libro, “Confesiones de un asesino”, y los inéditos, que suelen centrarse mas en los tópicos de locura y misticismo, dejando la ciencia de lado.

En esos textos, más modernos también en lo formal, Panero va y viene de la locura. Es verdad que también son estos los relatos más simbolistas, y más dignos de un “poeta maldito”, pero en este caso uno le perdona más fácilmente el anacronismo. Principalmente porque es mucho mejor alumno de Baudelaire y Lautréamont que de Poe y Lovecraft, pero también porque son narraciones mas inmersas en la locura, sin intenciones de racionalidad, y donde mas fácilmente da rienda suelta a su poesía de la enajenación.

Por ultimo, vale decir que tres de estos relatos, en realidad no son obra de Panero, sino que son “traducciones” de cuentos de Fitz-James O´Brien y de Arthur Machen. Pero la forma particular de traducir que tiene Panero (en palabras de él, sus libertades o liberalidades), que le permite agregar desde palabras aisladas hasta párrafos enteros a el texto original, y la afinidad de estos relatos con respecto al conjunto, permiten que uno los asimile dentro de la obra del autor sin mayor escándalo.

En definitiva, los Cuentos Completos de Leopoldo Maria Panero son una buena opción para aquellos que luego de ver “El Desencanto” quedaron enamorados del personaje y quieren entrar en su mundo, o para aquellos que se enamoraron de su poesía y quedaron con ganas de más. El resto de los mortales quizás no se sientan tan atraídos por sus relatos, a no ser que sientan cierta afinidad con los temas que obsesionan al escritor español.

19 de junio de 2009

IronizARTE

(El artista.Duprat-Cohn. 2008) Era fácil, muy fácil hacer un tratado sobre la hipocresía en el arte. Desde el título y acercándose a la primera sinopsis argumental uno se fastidiaba por adelantado suponiendo una prédica bienpensante moralizadora o emocionalista sobre el problema de la creación artística. De no haber mediado el “chiste” demasiado atractivo de ver a Laiseca jugando a ser enfermo mental y al galán decadente del pop, Sergio Pángaro, como su enfermero, quizá la entrada nunca hubiera sido pagada.

Pero, frente a la pantalla, la primera película de ficción de Cohen-Duprat (creadores de Televisión abierta que venían acercándose al cine con un par de proyectos experimentales y el documental Yo presidente) sorprende para bien. El guión es muy sólido y alterna entre el minimalismo y un tono zumbonamente irónico (pero no abiertamente paródico) que divierte y no pesa, crea más preguntas de las que cierra y no desciende nunca a la facilidad emotiva. Esto se ve especialmente en la definición de los personajes, que hacen poco y dicen menos (en el caso de Laiseca sólo “puchos”) y deja de esta forma abierta la puerta para que los límites morales de sus actos corran por cuenta del espectador. La dirección de actores es funcional en este sentido ya que los espacios vacíos de palabras son llenados generosamente con actuaciones físicas por demás expresivas. Sí Pángaro está muy acertado (dijo haberse inspirado en Riquelme y en su distancia emocional), los laureles hay que dárselos a Laiseca que construye verdaderos monólogos interiores con miradas y con los movimientos de sus manos.

En contra habría que nombrar, necesariamente, ciertos rasgos que recuerdan, demasiado por momentos, a “Desde el jardín” ("Being There", Hal Ashby) y su estúpido convertido en referente de la alta cultura. Y también una virtud que se vuelve en contra: una voluntad excesivamente marcada de filmar de forma bella. La super abundancia de planos fijos y la construcción minuciosa de los encuadres, aunque al principio cautiva por la belleza, pronto fatiga y hace pensar que estos dos directores necesitaban dejar muy claro que, aunque su cuna fue la tele, también saben filmar bonito.

14 de junio de 2009

La edad de la inocencia

(Adventureland. Gregg Mottola.2009) Cine pensado especialmente como un golpe al corazón de los varones. El tipo sensible puede ir por estos días a su sala amiga y encontrar retratados sus dilemas adolescentes, esos que guarda en lo profundo de su psique, los haya resuelto o no. Y sin duda va a salir de la sala conmovido y reconfortado, porque esos conflictos son allí tratados de manera amable y, al final de la película, se solucionan felizmente.

Adventureland propone un viaje a la adolescencia tardía, ese momento en que se sospecha que se debe dejar de ser proyecto para convertirse en acción. Un veinteañero pasa el verano pre-inicio de la facultad trabajando en un parque de diversiones medio pelo y ahí tiene que decidir quien quiere ser y con quien quiere estar cuando las vacaciones terminen.

En Adventureland no se cuenta ninguna historia original, es más, está plagada de lugares comunes, pero la mirada que elegida al narrar es lo que la vuelve entrañable. Su director, Gregg Mottola, para filmar, se encarna sin protección alguna en el protagonista del cuento y toma su forma inocente, acomplejada y también deslumbrada de ver el mundo. Por eso las chicas son opacas, no podemos conocer su interior, solamente acceder a sus cuerpos y a lo que deciden mostrar, porque lo de adentro es misterioso e insondable. Los amigos son muletas que a veces lo dejan a uno rengo y toman caminos propios. Por su parte, los mayores muestran un horizonte que conviene no seguir, son débiles y tratan de esconder sus miserias, aunque de vez en cuando se les ve la hilacha.

El film es piadoso y despreocupado con sus personajes, no los juzga, solamente los acompaña a vivir. Por eso es que el espectador se siente cómodo con ellos, porque todos hacen lo que pueden y como pueden, como cualquiera de nosotros.
Adventureland podría funcionar como una precuela de Alta Fidelidad. Su protagonista está planeando la etapa de la vida de la que su hermano mayor John Cusack ya está haciendo balance en la obra de Fears. Ambas son una películas de género (masculino), pero aptas para todo público, visitas a las cabezas de los hombres, con todo lo simpáticos e insoportables que pueden ser. Como en la vida misma.

16 de mayo de 2009

El pasado los condena

(“El Desencanto”. España.1976. Dirección y Guión: Jaime Chaverry; Producción: Elías Querejeta) Los protagonistas de El Desencanto tienen que lidiar con una ausencia demasiado presente en sus vidas. El difunto Leopoldo Panero- genio y figura española, poeta oficial de Franco y hoy estatua de plaza- a veces los enorgullece y otras muchas los enoja y abochorna, pero nunca los abandona. Su mujer y sus tres hijos lo evocan durante todo el documental como una sombra de la que no se pueden evadir, como “una gran mano” que los cubrió durante toda su vida.

Si no fuera tan simpático y zumbón, el clan Panero sería un grupo insoportable. Se exhibe con la impudicia que da un apellido ilustre y puede darse el lujo de ser decadente y elegante al mismo tiempo. Con gracia y naturalidad, saca sus trapos al sol en la seguridad aristocrática del que sabe que sus pequeñas bajezas importan al resto.

En El desencanto, el discurso fragmentado, la ilusión de sorprender a los protagonistas en charlas privadísimas, se completa con el efecto del clásico blanco y negro que evoca al glam ajado de celebridades cuesta debajo por Sunset Boulevard.

Durante una hora y media, ante una cámara que los registra con la contemplación pasiva que solamente provoca el deslumbramiento, los cuatro Panero cuentan su historia familiar e intentan describirse. Pero, en el marco de discusiones y declaraciones que harían regodearse a Freud en la tumba, siempre se ven obligados a aludir al padre muerto. Su imagen los define, ya sea por admiración o por rebeldía. El director, Jaime Chavarri, los deja pacientemente deschavarse, y de a poco se convierten en guionistas involuntarios de un documental de estructura impecable.

El hermano mayor, Juan Luis, emula al padre, pero no le da el cuero. El segundo, Leopoldo Jr., trata de combatirlo (en un fallido, incluso confiesa que siempre quiso cogerse a su antepasado), pero termina remplazándolo involuntariamente en el lugar de poeta insigne y objeto de devoción de su madre. En tanto, Michi (amigo del director, alma mater del proyecto, y maestro de ceremonia de este concierto de locos) se define como un huerfanito guapo y justifica su desidia existencial en la ausencia de figura paterna.

Por último está la madre, que por no portar el apellido sagrado, por no pertenecer a la patria Panero, lleva la carga de incomprensión al extranjero: es doblemente condenada por no saber adecuarse a la idiosincrasia del poeta ilustre y tampoco a las demandas de renovación de los hijos.

En esta sucesión de debates y entrevistas, los conflictos de esta familia disfuncional parecen tener eco en una caja de resonancia mayor. El padre fue la España vieja, de la guerra civil que ya pasó, y sus hijos, como la España post-Franco, no saben decir quienes son, y, para peor, sospechan que no son nada bueno, porque vienen podridos de raíz.

En conclusión, si papá Panero se despertara de su sueño eterno repudiaría sin duda a todos y a cada uno de sus hijos (y el Generalísimo los mandaría a fusilar sin piedad). Esta condena podría significar tranquilamente un halago si Juan Luis, Leopoldo y Michi (o la España democrática) hubieran sabido qué hacer de bueno con su rebelión bajo protesto.


25 de marzo de 2009

6 de marzo de 2009

Nightmare before Hanukkah (El extraño mundo de Keret)

(“La chica sobre el refrigerador”, Ed. Siruela; “Extrañando a Kissinger”, Ed. Sexto piso; “El chofer que queria ser Dios”, Ed. Emece. Etgar Keret) Cuando se toma contacto por primera vez con los cuentos de Etgar Keret, es imposible no sentirse sorprendido. En primer lugar por el origen israelí del escritor, país del que no suele llegar mucha literatura y mucho menos contemporánea. En segundo lugar, por su estilo, desenfrenado y muy poco conservador. Pero principalmente, por el universo que se dibuja a lo largo de sus narraciones.

La fantasía keretiana da lugar con la misma naturalidad a traumas de la infancia, ángeles que no vuelan, niños que encuentran huevos de dinosaurios, chicas que sólo encuentran la paz sobre un refrigerador o magos que sacan de su galera conejos decapitados y bebes muertos; e incluso una visita guiada por el infierno reservado para los suicidas. La realidad que se presenta en sus cuentos es una realidad donde todo es posible, siempre y cuando sea lo suficientemente perverso.


Salvo contadas excepciones, las temáticas que uno puede suponer protagonistas en un escritor de ese país (como la religión judía o la guerra) en los cuentos aparecen solamente nombrados al pasar. Pero a la larga se presentan como sombras inevitables y un marco necesario para que se desarrolle la acción que termina robando el protagonismo.


Pero quizás lo más sorprendente es el dominio de Keret sobre el humor negro. A pesar de lo terribles que puedan resultar algunas narraciones, siempre están atravesadas por un hilo de humor. Creado por un uso del absurdo similar al que se puede encontrar en las obras de Rodolfo Wilcock o Alberto Laiseca. Situaciones que apenas leídas hacen que se escape una sonrisa, y dos renglones después uno se sienta una basura por haberse reído.

Pero, de todas formas, también hay lugar en sus libros para la angustia sin concesiones. En cuentos como La novia de Korbi, el autor da lecciones magistrales de cómo manejar el suspenso. Logrando que uno sienta una incomodidad tal, que trae recuerdos de los grandes maestros de la sutileza como Poe o Quiroga.


Etgar Keret es una joya muy poco difundida, y quizás por eso es tan difícil de encontrarlo en librerías. Al día de hoy circulan tres ediciciones diferentes de sus cuentos. El chofer que quería ser dios, editado por Emece; Extrañando a Kissinger, de Sexto piso editora, y La chica sobre el refrigerador, de editorial Siruela.

Las diferencias entre las ediciones son pocas, más allá de lo económico. Extrañando a Kissinger y La chica sobre el refrigerador compilan prácticamente los mismos cuentos entre si, dejando la diferencia más que nada en el precio, la calidad de la edición, y la facilidad para conseguirlos, más elevados todos en Siruela.


El Chofer que quería ser dios
forma parte de la extensa cantidad de maravillas saldadas que tiene la editorial Emece, por lo que es sumamente difícil de encontrar, pero exageradamente económico de pagar. Tiene un criterio, al momento de seleccionar los cuentos, lo suficientemente diferente como para justificar su compra. Pero su principal valor agregado, es la inclusión de la novela corta Kneller's Happy Campers (que tiene su versión cinematográfica, Wristcutters: a love story del director croata Goran Dukic Patrick, con Tom Waits en el papel protagónico), donde se nos invita a visitar el infierno de los suicidas. Una realidad idéntica a la nuestra, solo que un poquito peor, donde personajes como Kurt Kobain rondan las calles intentando ocultar la manera en la que eligieron matarse.

De todas formas, cualquier edición a la que el bolsillo o el azar nos permitan acceder es sumamente recomendable. Keret triunfa en un sentido en el que pocos escritores pueden triunfar, creando su propio estilo, único y reconocible a la distancia. Eso hace que la lectura de sus cuentos maraville, empujándonos a recomendar y buscar mas obras suyas.

26 de febrero de 2009

El futuro llegó hace rato

De Filias y Fobias, siempre en la avanzada de la cultura y el espectáculo, vio y criticó hace rato Death Proof, la peli de Tarantino que se estrenó esta semana en los cines de Buenos Aires.

Para los que quieran repasar los conceptos allí vertidos, y para los que infame y desaprensivamente decidieron no leer ese post en su momento, les dejamos el link acá para que accedan a la nota.

22 de febrero de 2009

Un muchacho y una guitarra

(Madera y poca luz, Espaldamaceta) No es mucho más que eso lo que uno puede encontrar en este álbum debut de José Juan Gonzáles, bajo el seudónimo de Espaldamaceta. El que piense que es demasiado poco, debería detenerse a escuchar Madera y poca luz, para darse cuenta de lo complejo que puede llegar A ser algo tan simple.


La misma canción que abre el LP es una declaración de principios, con un titulo incluso violentamente desasosegado, como Ahora que la mierda ya me llega hasta los ojos. Los primeros sonidos son los de una guitarra española, que con unos acordes muy simples y un ritmo constante, prepara el camino para la voz de Gonzáles. Una voz que acompaña a la perfección la melancolía de las letras y la guitarra, con un tono bien hispanico, con ecos lejanos de flamenco, que prácticamente llora las canciones. Para dejar clara esta influencia, incluso se da el gusto de cantar una canción típica catalana, como Cançó de bressol.

Una vez pautadas las reglas del disco con esa primera canción manifiesto, pocas cosas cambian a medida que se suceden los temas. Se acerca y se aleja por momentos de los sonidos netamente españoles, coqueteando con el estilo clásico de cantautor/trovador, pero sin caer nunca en los vicios dignos de ese género. A excepción tal vez de Las generaciones, una oda a las madres que a pesar de tener escondidas un par de metáforas más que agradables, es bastante cursi y hace sospechar un Edipo mal resuelto en Gonzáles. O Quise la revolución, una canción de protesta, escrita en un tono irónico, que trae recuerdos de Botas locas de Sui Generis.

Si algo puede criticársele a Espaldamaceta es lo cansadoras que pueden convertirse algunas composiciones, como No hay por qué sufrir tanto amor o Hay gente, que si bien mantienen el nivel poético, quizás incluso superando a las demás del disco, en la instrumentación pueden llegar a ser agobiantes de tan monótonas. Pero para rebatir esa critica están los temas como Evitarte para conservarte o Y no voy a darte mas (sin dudas el hit del disco) que sin dejar de lado la temática oscura y descorazonadora, presentan melodías mas amables, incluso pegadizas y contagiosas.

Cualquier otra cosa que se diga sobre este álbum sobraría, ya que habla por si mismo. Solamente queda recomendarlo para cuando se necesite una música sutil y tímida, que no violente los oídos. O para tirarse en la cama con los ojos cerrados, a escuchar lindas canciones para dejarse llevar por bellas letras.

17 de febrero de 2009

Un lindo video




La letra de la canción no tiene que ver demasiado con las imágenes del video, pero ambas son muy lindas. Los invitamos a disfrutar de La Mitad de Nuestras Vidas, de los españoles La Buena Vida

11 de febrero de 2009

Me darás mil hijos

Cuenta la leyenda que el cantante de The Killers trabajaba como cocinero en un restaurant de Las Vegas al que un buen día llegó Morrissey a almorzar. Maravillado por la presencia del astro de la melancolía, el por entonces proletario Brandon Flowers , no se animó a acercarse a su ídolo, pero no pudo evitar seguir con los ojos cada uno de sus movimientos mientras trabaja cortando pan con una enorme cuchilla. Se sabe que Morrissey es por demás aprensivo, y lejos de agradecer la muestra de admiración de su fan gastronómico, mandó a dos guardaespaldas a reprimirlo y huyó asustado del lugar, convencido en que un cocinero psicópata estaba afilando su arma para achurarlo. Años después Killers grabaron un cover de “Why don´t you find out for yourself” y Flowers se dió el gusto de homenajear al gran Mozz de una manera menos accidentada.

Muchos otros músicos admiran a Morrissey, pero esa influencia no se limita a la mera referencia o inspiración, sino que caminan en el peligroso borde de convertirse en bandas tributo al mancuniano más famoso. Hay muchas, pero hoy, De Filias y Fobias les pasa solamente algunas de muestra para que examinen, comparen y consuman a gusto. ¿Sabrán sus novias que escuchamos Morrissey?

1. Northern Portrait: Desde el lado nórdico de la vida, estos daneses se calzan los guantes blancos para ponerse bajo la advocación de Morrissey (miren la tapa de uno sus discos acá). Sin embargo sus dos EP The Fallen Aristocracy y Napoleón Sweetheart están bastante bien y merecen escucharse.



2. Math and Physics Club: en la lluviosa Seattle también le meten mano a Mozz. Mechados con un poco de Belle and Sebastian (a los que en este post les perdonamos la vida, pero…), los MPSC hacen canciones morrisonianas para enamorarse o escuchar un día de nublado.

3. The Lucksmiths: estos australianos hasta llevan la marca en el nombre. Nuestros amigos entran en la causística por la voz del cantante. A quien les hace acordar?

4. Bradford: chiste irónico de quien se mira demasiado al espejo, el propio Morrissey se volvió admirador de Bradford. Conocido por su narcisismo, Mozz no podía otra cosa que hacerse fan de alguno de sus propios clones. Magnánimo con sus Salieris, los llevó de teloneros de su primer gira solista y para un disco de lados B, grabó un cover de esta banda a la que le prestó su aterciopelada voz. Acá va la versión original:

Cats on fire: volvemos a las tierras cercanas al Polo y de ahí salen estos finlandeses que andan disfrazados de personajes de los videos de The Smiths y que tienen un cantante que emula en su tono al protagonista inspirador de este post.

6. Days: volvemos a Suecia para encontrar a estos que encuentran en el romanticismo agridulce su inspiración para sonar lo más parecido al mismísimo hombre de la cabeza grande y el jopo.

7. Popundre este es el caso más escandaloso. Si no fuera por el nombre raro y que su sello discográfico está domiciliado en Suecia, se podría decir que los mismísimos Smiths se volvieron a juntar en los 90 para hacer discos de menos calidad y cantados con una voz más pedorra. Escuchen si no me creen, escuchen un pedacito de canción acá

8. La buena vida: por último, una arbitrariedad: aunque los aires de esta banda de San Sebastián no son ajenos para nada al tema que nos ocupan, resultaría injusto acusarlos de “demasiada influencia”. Sin embargo, hay una perla en el álbum llamado precisamente “Álbum” que nos linkea directamente a The Smiths y acá se los dejo de despedida, además, porque está buena para escuchar:

4 de febrero de 2009

Si volviera el uno a uno....

En abril sin duda nos estaríamos tomando un avión para el Coachella. Miren el line-up....


3 de febrero de 2009

Sur o no sur


(Radio Ciudad Perdida, Daniel Alarcón. Ed. Alfaguara 2008) Suele decirse que al momento de leer una obra, hay que intentar dejar de lado los datos biográficos del autor, que el análisis debe hacerse siempre dentro del campo que delimita la propia obra.

En el caso de Radio ciudad perdida esto es sumamente difícil. Es complicado perder de vista la procedencia latinoamericana del escritor (es hijo de peruanos) y mas difícil aun es perder de vista el país donde creció y donde realiza su carrera, los Estados Unidos.

Mas allá de que evita nombrar el país donde transcurren los hechos, es evidente que estos están basados en las dictaduras latinoamericanas. Esta ambientada diez años después de finalizada una guerra entre el gobierno dictatorial y un grupo “terrorista” que se le opone. Norma, la protagonista de la novela, conduce un programa de radio donde ayuda a la gente a buscar a los desaparecidos por el conflicto, entre los que se encuentra su propio marido. Un día aparece un chico en la radio para entregarle una lista con los desaparecidos del pueblo de la selva al que pertenece y ella termina haciéndose cargo de èl. La lista va terminar siendo el detonante para que la protagonista retome la búsqueda de información sobre el destino su marido.

Durante toda la obra uno se pregunta qué tan fiel a la realidad quiso ser Daniel Alarcón en su novela. Por momentos se plantean ciertas hipérboles que hacen pensar que la realidad es solamente un pie para ficcionalizar. Pero en otros uno llega a pensar que realmente el libro esté planeado como una suerte de retrato de lo que significaron esos años en los países de Sudamérica, en especial en el Perú natal de Alarcón. Los agradecimientos finales, donde agradece la ayuda que le brindaron en “la investigación” que realizó para escribirla, vuelcan la balanza hacia la segunda opción.

Esto sería un aspecto menor, si la misma tensión que se refleja en su manera de ver la historia que cuenta, no se repitiera en su forma de contarla. El conflicto está retratado bajo una pretendida objetividad, pero detrás de esa objetividad se esconde un juicio de valor general sobre ambos “bandos” que coincide con la visión norteamericana: El gobierno es violento indiscriminadamente, y la oposición son simples terroristas sin un objetivo claro, más que el de generar terror. El pueblo no es más que una masa que lejos de entender y tomar partido en el conflicto, se deja llevar por el populismo.

Este marco general, en su simpleza, contrasta y distorsiona en parte la construcción de los protagonistas, que individualmente está muy bien lograda. Son personajes profundos y complejos. Su relación con el conflicto es ambivalente, guiada por los intereses y la perspectiva de cada uno.

Estructuralmente existe una puja similar entre simpleza y complejidad. Al leer un capítulo de forma aislada, uno se encuentra con una narrativa directa y sencilla., sumamente fácil de leer. Pero al poner en relación los capítulos unos con otros, sale a la luz un enlazado sumamente complejo. La perspectiva se mueve de un personaje a otro, avanzando y retrocediendo en el tiempo.

Alarcón realiza un juego de luces y sombras, dosificando la información que da sobre la historia de cada personaje, cuidando de revelar los datos de manera tal que uno se identifica a cada momento con un protagonista distinto. En determinados momentos de la novela aplica ese entrelazado dentro de un solo capitulo, mezclando dos escenas diferentes y generando una tensión sumamente envolvente.

La traducción de la obra es todo un mérito en si misma. A pesar de que el autor escribe en ingles, se vio involucrado activamente en el pasaje al español. Gracias a eso, lo que pudo haber sido un neutro pasaje de idioma, se transforma en toda una reescritura, que recupera expresiones y modismos de su país natal. La contratara de esta cuidada traducción, es la denigrante edición. Está minada de errores de tipeo, redacción y gramática, dignos de una mala edición pirata. Evidentemente nadie se tomó siquiera el trabajo de releerla antes de mandar a imprimir.
Daniel Alarcón, en Radio ciudad perdida muestra la esquizofrenia ideológica y literaria que se supone natural en un escritor que quiera abrirse paso en los Estados Unidos. Por su formación o por simple interés de satisfacer a sus eventuales lectores, a pesar de querer recuperar sus orígenes, termina reflejando una ideología simplista digna del país del norte. Literariamente, aunqye demuestra tener recursos suficientes, da la impresión de no haber podido (o querido) evitar cierto tufo “pasatista”. Principalmente en el desarrollo de la historia, que por momentos parece sacada del argumento de alguna novela de la tarde.

29 de enero de 2009

Hoy ya no soy yo

(United states of Tara, por ahora solo pirateado) Diablo Cody, la prostituta devenida a blooger y luego devenida a guionista de la película indie “Juno” y Steven Spielberg (cualquier presentación sobra) se asociaron para hacer juntos una tele comedia.

Tamaña exhibición de nombres hace que por lo menos le prestemos algo de atención a lo que estos dos tienen para ofrecer, que es, nada más ni nada menos, “United states of Tara”.

Llevan adelante la serie una mujer cuarentona, bastante chiruza (Toni Collete, la de "El casamiento de Muriel"), con dos hijos adolescentes y un marido bueno y que está bueno (John Corbett, Adam de "Sex and the city"). Pero la enumeración de los personajes no dice mucho hasta que no se conoce el conflicto: la madre de esta familia típica americana, ante cualquier situación de mediano stress, muta de personalidad, cual el increíble Hulk, y se convierte en otra persona, con sexo, edad, vestuario y nombre distinto.

En primer capítulo se puede ver a Tara, por ejemplo, volviéndose una adolescente bastante trolita y un símil camionero de Moyano. Por ahora, su familia acepta con bastante naturalidad el transformismo psicótico maternal, pero se sospecha que semejantes cambios van a traer problemas con el transcurrir del tiempo.

El piloto es bastante divertido y ya se pueden anotar como puntos a favor las buenas actuaciones, la profundidad de los perfiles en los personajes sobre todo de los chicos y los diálogos y afilados, marcas registradas de Diablo Cody. Ya veremos como continúa.

Para empezar acá y acá, de Filias y Fobias les deja los links para que bajen los dos primeros capítulos y acá los respectivos subtítulos en castellano, para que prueben ustedes mismos si alguna de las mil caras de Tara les cae simpática.

21 de enero de 2009

Cine con moraleja en el San Martín

Los que gustan de las películas de gente charlando, pueden darse una vuelta por la sala Leopoldo Lugones del San Martín. Desde el 21 de enero y hasta el 28, allí tiene lugar el ciclo "Rohmer, juegos de la seducción".

Aunque algunas de las películas ya se exhibieron en otros ciclos del Malba y del propio San Martín, esta edición trae dos novedades para quienes tienen más o menos vista la filmografía de Eric Rohmer: dos cortos nunca estrenados en nuestro país y un documental, suerte de making-of, de los Cuentos de Otoño.

"Charlotte y su filete" es la primera obra del francés, en la que una mina le histeriquea al mismísimo Jean-Luc Godard versión ultra púber, durante el tiempo en que tarda en cocinar y deglutirse una churrasco. El otro corto, "Nadja en París" es una suerte de guía turística de la bohemia parisina vista a través de los ojos de una servia.

Igualmente, y más allá de lo nuevo, conviene darle una repasada a la obra de esta figurita rara de la nouvelle vague gustoso de las encrucijadas entre el deseo y la culpa. Con los permisos de ocio que trae el verano, vale la pena por un rato dejarse enredar por los dilemas morales de sus protagonistas, volver a comer un polvorón con la panadera de Monceau o contener las ganas de pegarle un empujón al barbudo cuarentón, para que deje de mirarle la rodilla a la niña Clara y, de una vez por todas, sucumba al pecado y pase del vouyerismo a la acción.

(Para más datos burocráticos tales como nombres, direcciones y horarios, la programación completa, haciendo click acá)


17 de enero de 2009

mariolevrero.blogspot.com

(La novela luminosa, Mario Levrero. Ed. Mondadori 2008) Si es necesaria una prueba para incluir a Mario Levrero dentro del grupo de escritores uruguayos conocido como “los raros”, La novela luminosa es la oportunidad perfecta para encontrarla.

El primer síntoma de “rareza” que tiene este libro póstumo del uruguayo, es su historia. Levrero empezó a escribirla allá por los años ochenta, pero solo avanzo un par de capítulos antes de abandonarla. Hasta que en el 2000 decidió presentarla para una beca, que le permitió tener la comodidad económica para terminarla.

La primer parte del libro es una bitácora del año en el que estuvo becado para escribir esta obra. La segunda parte (un tercio del total de las páginas) es la Novela luminosa misma, que lejos de ser tal, es mas bien una suerte de ensayo autobiográfico. En él Mario Levrero nos cuenta distintas “experiencias luminosas” que lo hicieron conocer lo que el llama una nueva dimensión, y a largo plazo, creer en Dios.

Es en este punto donde viene a filtrarse el segundo síntoma raro del libro. Una descripción como la que se acaba de hacer, podría hacer pensar que esta bitácora del proceso de escritura es una suerte de relleno, un complemento accesorio o dicho malamente: un robo para sumar páginas. Pero en realidad es el centro del libro.

Poco o nada terminan importando las revelaciones místicas de Levrero. Lo que uno retiene al terminar la lectura son las pequeñas anécdotas, sumamente cotidianas y a priori intrascendentes, que minan la escritura del diario. Y no precisamente por la importancia de lo narrado, sino por el estilo que presenta este “otro” Levrero.

Seria un error limitarlo al concepto de diario. No es una escritura privada, apuntada hacia uno mismo. Es una escritura mucho más cercana –y adelantada- al concepto de blog. Una escritura personal, con cierta pretensión literaria, pero con una informalidad e inmediatez que logra que uno se identifique mucho más con el escritor.

Son crónicas sobre su día a día, con el proceso de autodisciplina que se impone para lograr la escritura de la novela como principal eje, pero no único. Varios hilos, pequeños cuentos, se van entretejiendo a lo largo del diario: la historia de una paloma muerta y su viuda en una terraza cercana a la ventana, el final de una relación amorosa o la simple (o no tanto) instalación de un aire acondicionado, por citar algunas.

Luego de la bitácora, comienza La novela luminosa propiamente dicha, que abandona la estructura de diario, pero mantiene el tono distendido y autobiográfico. Es un poco más irritante que la primer parte del libro, porque intenta muy solapadamente dejar una enseñanza. Como ironiza constantemente sobre esa misma intención, y mantiene el tono jocoso, se le podrían perdonar esos lapsus de viejo vizcacha.

De todas formas dentro de la novela propiamente dicha, hay otra subdivisión, al menos estilística. Esta generada por la brecha de escritura de 20 años entre los primeros y los últimos capítulos. Los primeros hacen recordar mucho mas al charrúa kafkiano de “La ciudad”, “El lugar” o “Aguas Saladores”. Es mucho más oscuro y pervertido. Las experiencias son truculentas, y muy ligadas al sexo.

En cambio, los dos últimos, escritos durante la beca, están mas próximos a la bitácora. Son directos y claros. Las anécdotas “luminosas“, lejos de ser sueños extraños, están compuestas por observaciones pacientes. Es prácticamente igual a la primera mitad del libro, salvo porque en esta oportunidad se centra alrededor de un solo tema, y evoca recuerdos exclusivamente de su pasado.

Pero mas allá que en lo estructuralmente extraño que llega a ser el libro, se vuelve muy fácil de leer gracias a la personalidad atrapante del propio Levrero. Sumamente querible y original en su forma de ver e interactuar con la realidad. Es bueno saber que la editorial Mondadori no solamente reedito este libro, sino que planea reeditar al menos dos mas. Para quienes hemos buscado hasta el cansancio en ferias algún ejemplar, esta noticia es una suerte de milagro.