Frases como “y fueron felices para siempre” o “el destino los unió con su lazo de amor eterno” se volvieron dudosas y demodé en los cínicos tiempos post-postmodernos. En un siglo XXI, donde el príncipe empeñaría el zapato de cristal de Cenicienta, Blancanieves mandaría a los enanos a traficar sustancias controladas para el sueño y Celeste siempre Celeste cambiaría de novio como de ropa interior, los medios audiovisuales se ven obligados a revisar los envases y contenidos de los cuentos de hadas y telenovelas con los que lucran desde siempre.
El público femenino que quisiera creer, pero ya no puede, en los cuentos rosas y edulcorados está deseoso de que se recodifiquen las historias según los signos de la época, y la industria, dispuesta a complacer a su mercado, ya lo está haciendo.

Las niñas actuales ya no caen en la trampa del príncipe azul y, paradójicamente, en Encantada, la compañía del hombre de hielo dio cuenta de este desencanto. El film mitad dibujo, mitad película, se burla de los standars del cuento de hadas y enseña a las féminas del mañana que está bien enamorarse, pero que hay que tener ojo de no volverse medio tarada con los bríos del galán de turno. Giselle en Nueva York aprende, a fuerza de ridículos, que antes de aceptar el compromiso de amor eterno, más bien vale fijarse con quien una se engancha. Los héroes de esta historia enseñan los beneficios de la sana duda a la hora de buscar marido, y la doncella en el happy end se queda con el candidato real, no con el que le ofrece un mundo de sueños. La princesa de la era tecnológica está avivada y prefiere quedarse con el apuesto Patrick Dempsey de carne y hueso (el Dr. Encanto de Greys Anatomy) que con un miembro de la realeza dibujado de un mundo que no existe.
El programa toma lo que podría ser una novela histórica a lo Felipe Pigna, la mezcla en una coctelera con los genes de Alberto Migré y durante sus diez episodios la transforma en una típica novela o cuento de príncipes y princesas, que incluye al bueno, al villano, al que desea el poder y al que deja todo porque se enamora, actuando según sus ideales y objetivos. Todo ello, con escenas muy calientes protagonizadas por gente linda, muy linda (el histórico gordo y pelirrojo Enrique VIII aquí es representado por el impresionante Jonathan Rhys Meyers, y con este ejemplo no hace falta aclarar nada más). La propuesta no es inocente: The Tudors vence a los cínicos que descreen del culebrón con el argumento incuestionable de que están contando algo que verdaderamente ocurrió.
Pero el artificio no termina ahí, The Tudors no se conforma con la mixtura de género sino que, en un segundo movimiento, muta el modo de narración a formatos más actuales y digeribles. Los productores de la serie nos proponen inmiscuirnos en los avatares de la dinastía inglesa –con guerras, hogueras y cuernos incluidos- como si estuviésemos metiendo las narices en la intimidad de las salas privadas de sus castillos. La aproximación tiene más que ver con el cotilleo descarnado del True Hollywood Storie de E! que con la narración de proezas y amores a las que veníamos acostumbrados.
Los espectadores caemos por el morbo de ver el chisme de esta especie de celebrities renacentistas. Esperamos ansiosos encontrar el desenlace que ya estudiamos y fisgamos impunes la manera en que Enrique descarta a Catalina y se queda con la Bolena, por supuesto, antes de que esta pierda la cabeza, y no precisamente por amor, sino por obra y gracia de la guillotina. Además, los creadores de la serie son astutos: si la propuesta tiene rating hay cuatro esposas más del rey inglés esperando para alimentar los argumentos de las próximas temporadas.








































