
28 de marzo de 2008
16 de marzo de 2008
Elogio a la paciencia
Bajo esta consigna fatalista, el suspenso que atraviesa la película cobra otra dimensión: todo se transforma en una espera de la desgracia que causa nervios solo porque se sabe que no hay posibilidad de salvación ante el peligro.
¿Pero, por qué tenemos que entregarnos a esta exhibición de pesimismo? ¿Que hay entre el momento en que nos sentamos en la butaca y el inevitable final infeliz?
En medio están los Hermanos Coen con sus imágenes fantásticas, con sus cámaras siempre puestas en el lugar menos pensado y con el humor incorrecto del que se ríe donde no debería haber chiste.
Está Javier Bardem, con su cara de piedra y su peluca imposible, suerte de Terminador del lejano oeste, que mata porque le place y persigue sin fatiga a un incauto que le robó dinero. Y también está su contrafigura, Tommy Lee Jones, el sheriff de rostro sufriente, que se lamenta porque los viejos tiempos eran malos, pero estos son peores.
El film no tiene música porque no la necesita, la fotografía llena la pantalla y los diálogos cuentan con la sonoridad necesaria para entretener y mantener atento al que los escucha. Los Coen se toman su tiempo para contar bellamente lo feo, siempre al borde de desbarrancar en lo exagerado.
El que espera desespera, dice el refrán, y en este caso no es así, quienes decidan atravesar el camino que propone “Sin lugar para los débiles” serán premiados con una buena película y sabrán que la vida es injusta, pero por lo menos, puede pasarsela bien mientras se transita.
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Cine
13 de marzo de 2008
Todos al diván
(In treatment, Rodrigo García, HBO) Nada de salvar al mundo en 24 horas ni de descubrir los tremendos secretos de una isla en el culo del planeta. Una nueva serie de HBO nos encierra entre las cuatro paredes del consultorio de un psiquiatra para espiar cual moscas sus sesiones.Frente a tanta superproducción vertiginosa, In Treatment renuncia a los fuegos artificiales y ofrece diariamente 30 minutos de, casi se podría decir, una obra de teatro. La propuesta es sencilla: un mismo “loco” para cada día de la semana y, el quinto, la sesión de análisis del profesional con su propia terapeuta.
En In Treatment, la palabra llega al poder y los actores son más que nada narradores. Durante las sesiones, cada paciente nos va revelando como un rompecabezas su historia. Apelan a la herramienta, a veces tramposa, del discurso: sabemos que cuando se trata de la propia vida, nadie cuenta todo, y el cristal con que se mira empaña los sucesos. La fórmula elegida es exigente con el espectador. Quien quiera disfrutarla debe ser fiel y atento: todos los días evoluciona el relato, cada reacción de los personajes es importante, y los muy tramposos no siempre cuentan la verdad.
Por último, las garantías de calidad: los guiones y la dirección están a cargo de Rodrigo García Márquez, el hijo del escritor. Por otro lado, nuestro anfitrión, el psiquiatra, es el elegante Gabriel Byrne, dueño de los silencios más expresivos vistos alguna vez en la televisión.
Todo está dado para rendirse ante In Treatment y crear otra malsana adicción que deberemos a su vez tratar, sin cámaras delante esta vez, con nuestro propio analista.
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Tele
9 de marzo de 2008
Canción del mientras tanto
En tanto se actualiza este blog, invitamos a nuestros lectores a que disfruten de este video. Al son de esta hermosa canción, el antiguo guitarrista de Pulp acompaña a un nostálgico Elvis de la tercera edad. Señores, con ustedes, Valentine de Richard Hawley.
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Musica
1 de marzo de 2008
Corazón con agujeritos
(Derrumbe. Daniel Guebel. Editorial Mondadori) La propia historia como material literario, terreno peligroso si los hay. A todo el mundo le gusta hablar de sí mismo, pero cuidado!: para que la confesión merezca un libro hay que tener algo trascendente para contar o, al menos, conseguir que la forma de hacerlo lo vuelva interesante.
A ninguna de estas metas llegó Daniel Guebel con su libro Derrumbe, la novela que narra la cuesta abajo afectiva a la que lo empujó su separación.
El primer problema que encontramos es de clasificación: esta novela alcanza a la categoría de tal solamente por el grosor de libro que logró imprimir Mondadori a fuerza de doble espacio y letra gigante. Posiblemente Guebel haya elegido el formato de novela porque su historia no tiene ni siquiera la fuerza dramática para sostener un cuento. Ni siquiera las anécdotas que intercala en la narración- en forma de recuerdos de los personajes- solucionan el problema y dan la sensación de estar leyendo un Frankestein de órganos separados que apenas puede caminar. Las pequeñas apostillas, salvo algunas excepciones, son bastante insulsas, y el paralelo con las reflexiones personales del protagonista es tan obvio que el parche queda al descubierto y deja la desazón de pasar los renglones sin haber avanzado nada en la historia
En estos días otros escritores compatriotas y contemporáneos a Guebel se sumaron a la moda autobiográfica, pero la abordaron con un planteo distinto. Los últimos libros de Alan Pauls y Juan Forn cuentan experiencias personales, con la pretensión- que en cada caso se podrá juzgar si resultó exitosa o no- de contar desde la propia intimidad la historia argentina. Una suerte de narrar la generalidad desde lo particular. En cambio, Guebel decidió lo contrario, Derrumbe es un mero ejercicio de ego, y en la descripción de su yo también falla.
El antihéroe de la historia debería caernos simpático: no resultaría nada difícil mirarnos en su espejo, porque a todos nos dejaron alguna vez. Pero el derrumbado Guebel cuenta su cuento desde una modestia tan falsa que sólo puede irritar al lector y hacerle pensar que se merece todo lo que le estuvo pasando y que decidió hacernos leer.
En un pretendido tono paródico, Guebel se define como un genio incomprendido, con una vida inevitablemente orientada hacia el fracaso. Sin embargo, aunque expresamente se ríe de esa postura y se pega latigazos, la descripción que hace del resto de los personajes que lo rodean deja entrever que verdaderamente el autor se cree superior a su entorno. Su familia adoptiva es boba y despreciable, sus amigos son una ruina de personas, las mujeres se enamoran fatalmente de él aunque haga todo lo posible para boicotear sus relaciones. En resumen, la identificación personal naufraga con la soberbia: la ironía en sus letras no es ni siquiera divertida y revela un sentimiento de superioridad antipático. Aunque viva situaciones análogas, nadie se siente solidario con quien cuenta su drama describiendo a los demás subido a un banquito.
El primer problema que encontramos es de clasificación: esta novela alcanza a la categoría de tal solamente por el grosor de libro que logró imprimir Mondadori a fuerza de doble espacio y letra gigante. Posiblemente Guebel haya elegido el formato de novela porque su historia no tiene ni siquiera la fuerza dramática para sostener un cuento. Ni siquiera las anécdotas que intercala en la narración- en forma de recuerdos de los personajes- solucionan el problema y dan la sensación de estar leyendo un Frankestein de órganos separados que apenas puede caminar. Las pequeñas apostillas, salvo algunas excepciones, son bastante insulsas, y el paralelo con las reflexiones personales del protagonista es tan obvio que el parche queda al descubierto y deja la desazón de pasar los renglones sin haber avanzado nada en la historia
En estos días otros escritores compatriotas y contemporáneos a Guebel se sumaron a la moda autobiográfica, pero la abordaron con un planteo distinto. Los últimos libros de Alan Pauls y Juan Forn cuentan experiencias personales, con la pretensión- que en cada caso se podrá juzgar si resultó exitosa o no- de contar desde la propia intimidad la historia argentina. Una suerte de narrar la generalidad desde lo particular. En cambio, Guebel decidió lo contrario, Derrumbe es un mero ejercicio de ego, y en la descripción de su yo también falla.
El antihéroe de la historia debería caernos simpático: no resultaría nada difícil mirarnos en su espejo, porque a todos nos dejaron alguna vez. Pero el derrumbado Guebel cuenta su cuento desde una modestia tan falsa que sólo puede irritar al lector y hacerle pensar que se merece todo lo que le estuvo pasando y que decidió hacernos leer.
En un pretendido tono paródico, Guebel se define como un genio incomprendido, con una vida inevitablemente orientada hacia el fracaso. Sin embargo, aunque expresamente se ríe de esa postura y se pega latigazos, la descripción que hace del resto de los personajes que lo rodean deja entrever que verdaderamente el autor se cree superior a su entorno. Su familia adoptiva es boba y despreciable, sus amigos son una ruina de personas, las mujeres se enamoran fatalmente de él aunque haga todo lo posible para boicotear sus relaciones. En resumen, la identificación personal naufraga con la soberbia: la ironía en sus letras no es ni siquiera divertida y revela un sentimiento de superioridad antipático. Aunque viva situaciones análogas, nadie se siente solidario con quien cuenta su drama describiendo a los demás subido a un banquito.
En definitiva, poco tenemos que hacer los lectores con Derrumbe, una obra, que con menos pretensiones, debería estar destinada al círculo íntimo del escritor verdaderamente preocupado por sus altibajos emotivos. Pero nosotros, los terceros, somos de palo, así que Guebel, como dice la conocida filosofa contemporánea: “si querés llorar, llorá”, pero a nosotros no nos llores encima.
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Libros
24 de febrero de 2008
Con las barbas en remojo
(Sweeney Todd, Tim Burton) Lo primero que se puede pensar de Sweeney Todd es que es un Burton de Manual. Está el alma noble que se torna oscura por las inclemencias del mundo, está el humor asociado a lo macabro, aligerándolo y profundizándolo al mismo tiempo, y están, por supuesto Johnny Deep y Helena Bonham Carter, sus actores fetiche, sin los cuales la fiesta difícilmente pueda empezar. Ante semejante menúningún seguidor de Burton puede sentirse defraudado. Pero además de lo que se esperaba encontrar, esta nueva película, nos trae algunas novedades que vale la pena comentar.La primera, y la que menos hay que festejar, es la adopción de la comedia musical sin atenuantes. Aunque sabíamos que se trataba de la adaptación de una famosa obra de Broadway, secretamente uno esperaba que lo musical fuera solo simbólico. Es posible que haya quien disfrute de que los personajes elijan dedicarse canciones en vez de charlar como Dios manda o que se pongan a cantar con los ojos perdidos en el espacio cada vez que quieren reflexionar o mostrar que están tristes. Pero para los que no tenemos desarrollada esa sensibilidad, si las primeras tres canciones nos resultan tolerables, a partir de la cuarta deseamos que la película de un giro sorpresivo y pase a contar cómo Londres fue asolada por una epidemia de disfonía.
Preferencias a parte, la música, aunque un poco desganada, es acertada y en varias oportunidades juguetea graciosamente con los sonidos de la historia sumándole un plus a la construcción
cinematográfica y alejándola de lo que pudo haber sido su versión teatral. Sorprende también la entonación del demoníaco barbero (aunque podemos sospechar mucho protull), que no desagrada ni molesta. De cualquier manera, el efecto de irrealidad que el musical crea combinado con la estética ultra plástica del director no desentona, solo vuelve todo un poco más impostado.
Preferencias a parte, la música, aunque un poco desganada, es acertada y en varias oportunidades juguetea graciosamente con los sonidos de la historia sumándole un plus a la construcción
cinematográfica y alejándola de lo que pudo haber sido su versión teatral. Sorprende también la entonación del demoníaco barbero (aunque podemos sospechar mucho protull), que no desagrada ni molesta. De cualquier manera, el efecto de irrealidad que el musical crea combinado con la estética ultra plástica del director no desentona, solo vuelve todo un poco más impostado.En la misma línea de apartarse del realismo y redoblar la estilización de lo que se muestra, hay que festejar con hurras y vítores cómo Burton lleva su también típico tratamiento de imagen hasta un extremo. En Charly y la fábrica de chocolates, el juego era recrear los colores de la infancia entre caramelos y chupetines brillantes, y en Sleepy Hollow opuso los ocres a los tonos sobresaturados para separar a los vivos de los fantasmas. En ésta, (aliado al director de fotografía Dariusz Wolski) elige los colores fríos. Los azules le cuentan a nuestros ojos lo helada y opaca que es la vida en ese Londres a la merced del inescrupuloso Juez Tupin y reserva para los espacios de felicidad añorada y los sueños futuros la claridad y los colores cálidos. Algo parecido sucedía en El cadáver de la novia, pero ahí se trataba de animación. Burton lleva su estética antiaturalista hasta el extremo y trata a los decorados y actores igual que a sus muñecos.
Durante la filmación trascendió que los productores acosaron a Burton para que intentara limitar en algo la cantidad de sangre, así podían acceder a una calificación más apta para todo público, los mismos trascendidos dijeron que el director se negó rotundamente, y que hasta amenazó con retirarse del proyecto si no le permitían derrochar hemoglobina. Lo que parecía un mito publicitario o una excentricidad pintoresca se entiende perfectamente al ver la película. En el pozo de escoria del Londres del 1700, donde todos los colores son fríos y todas las texturas ásperas, porosas e incómodas, la sangre es el único color cálido que tiene lugar.
El rojo trae de vuelta a la vida al alma atormentada del barbero y contagia paulatinamente también a su ultra práctica compañera. En este contrapunto está construida la cuidada ideología visual del filme. No se podía ser sutil siendo que con la sangre fluye la historia.
Durante la filmación trascendió que los productores acosaron a Burton para que intentara limitar en algo la cantidad de sangre, así podían acceder a una calificación más apta para todo público, los mismos trascendidos dijeron que el director se negó rotundamente, y que hasta amenazó con retirarse del proyecto si no le permitían derrochar hemoglobina. Lo que parecía un mito publicitario o una excentricidad pintoresca se entiende perfectamente al ver la película. En el pozo de escoria del Londres del 1700, donde todos los colores son fríos y todas las texturas ásperas, porosas e incómodas, la sangre es el único color cálido que tiene lugar.
El rojo trae de vuelta a la vida al alma atormentada del barbero y contagia paulatinamente también a su ultra práctica compañera. En este contrapunto está construida la cuidada ideología visual del filme. No se podía ser sutil siendo que con la sangre fluye la historia.El otro punto fuerte de la película está, una vez más, en las interpretaciones. Ya sabemos de ese extraño triángulo que forman Johnny, Tim y Helena, y sabemos del romance que hay entre estos actores y el lente de Burton; pero en esta película la capacidad expresiva de la dupla está aprovechada al máximo. Con recursos muy cercanos a los del cine mudo (tanto desde la cámara como desde las actuaciones) mientras los parlamentos son remplazados por otra canción que repite el lieve motive del personaje, las caras se encargan de completar con creces los sentidos que escamotea el guión.
En cuanto a la historia, sobre la perturbadora identificación con los oscuros protagonistas que es moneda corriente, este último filme tiene, quizá, un punto de vista más sórdido desesperanzador y un mensaje, definitivamente más descorazonador. El humor no deja de estar presente (la escena donde los protagonistas hacen el menú social desde la vidriera de la pastelería es increíble), pero estos destellos son más bien escasos. ¿Estamos quizá ante la faceta depresiva del rey de la depresión?
Sweeny Todd es una clásica de Burton, con todos los ingredientes que se esperan cuando se saca la entrada, pero como sucede con ciertos creadores dueños ya de una estética fuerte, su evolución parece ser más intensiva que expansiva. Como los buenos vinos, con los años encontramos sus rasgos acentuados, concentrados y estilizados. En este caso, seguramente debemos pensar que se trata de un vino tinto.
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Cine
3 de febrero de 2008
Alberto Migré 3.0 (dos muestras al azar)
(Enchanted, Kevin Lima y The Tudors, Michael Hirst) “¿Por qué cantamos canciones de amor? Si suenan mal y nunca tienen razón. No se puede vivir del amor” cantaba Andrés Calamaro y profetizaba la muerte del negocio del romanticismo-clásico-multimedia.
Frases como “y fueron felices para siempre” o “el destino los unió con su lazo de amor eterno” se volvieron dudosas y demodé en los cínicos tiempos post-postmodernos. En un siglo XXI, donde el príncipe empeñaría el zapato de cristal de Cenicienta, Blancanieves mandaría a los enanos a traficar sustancias controladas para el sueño y Celeste siempre Celeste cambiaría de novio como de ropa interior, los medios audiovisuales se ven obligados a revisar los envases y contenidos de los cuentos de hadas y telenovelas con los que lucran desde siempre.
El público femenino que quisiera creer, pero ya no puede, en los cuentos rosas y edulcorados está deseoso de que se recodifiquen las historias según los signos de la época, y la industria, dispuesta a complacer a su mercado, ya lo está haciendo.
Frases como “y fueron felices para siempre” o “el destino los unió con su lazo de amor eterno” se volvieron dudosas y demodé en los cínicos tiempos post-postmodernos. En un siglo XXI, donde el príncipe empeñaría el zapato de cristal de Cenicienta, Blancanieves mandaría a los enanos a traficar sustancias controladas para el sueño y Celeste siempre Celeste cambiaría de novio como de ropa interior, los medios audiovisuales se ven obligados a revisar los envases y contenidos de los cuentos de hadas y telenovelas con los que lucran desde siempre.
El público femenino que quisiera creer, pero ya no puede, en los cuentos rosas y edulcorados está deseoso de que se recodifiquen las historias según los signos de la época, y la industria, dispuesta a complacer a su mercado, ya lo está haciendo.

Como primera prueba de este revisionismo, se encuentra siempre a la vanguardia, si de estudios de marketing se trata, el “maravilloso mundo de colores” de los estudios Disney.
Las niñas actuales ya no caen en la trampa del príncipe azul y, paradójicamente, en Encantada, la compañía del hombre de hielo dio cuenta de este desencanto. El film mitad dibujo, mitad película, se burla de los standars del cuento de hadas y enseña a las féminas del mañana que está bien enamorarse, pero que hay que tener ojo de no volverse medio tarada con los bríos del galán de turno. Giselle en Nueva York aprende, a fuerza de ridículos, que antes de aceptar el compromiso de amor eterno, más bien vale fijarse con quien una se engancha. Los héroes de esta historia enseñan los beneficios de la sana duda a la hora de buscar marido, y la doncella en el happy end se queda con el candidato real, no con el que le ofrece un mundo de sueños. La princesa de la era tecnológica está avivada y prefiere quedarse con el apuesto Patrick Dempsey de carne y hueso (el Dr. Encanto de Greys Anatomy) que con un miembro de la realeza dibujado de un mundo que no existe.
Las niñas actuales ya no caen en la trampa del príncipe azul y, paradójicamente, en Encantada, la compañía del hombre de hielo dio cuenta de este desencanto. El film mitad dibujo, mitad película, se burla de los standars del cuento de hadas y enseña a las féminas del mañana que está bien enamorarse, pero que hay que tener ojo de no volverse medio tarada con los bríos del galán de turno. Giselle en Nueva York aprende, a fuerza de ridículos, que antes de aceptar el compromiso de amor eterno, más bien vale fijarse con quien una se engancha. Los héroes de esta historia enseñan los beneficios de la sana duda a la hora de buscar marido, y la doncella en el happy end se queda con el candidato real, no con el que le ofrece un mundo de sueños. La princesa de la era tecnológica está avivada y prefiere quedarse con el apuesto Patrick Dempsey de carne y hueso (el Dr. Encanto de Greys Anatomy) que con un miembro de la realeza dibujado de un mundo que no existe.
Como segunda prueba, presento un caso aun más osado ya que el movimiento de aggiornamiento es doble. Para ello propongo al lector curioso buscar la serie de HBO The Tudors en Internet o en DVD (creo que en el cable ya terminó la temporada).
El programa toma lo que podría ser una novela histórica a lo Felipe Pigna, la mezcla en una coctelera con los genes de Alberto Migré y durante sus diez episodios la transforma en una típica novela o cuento de príncipes y princesas, que incluye al bueno, al villano, al que desea el poder y al que deja todo porque se enamora, actuando según sus ideales y objetivos. Todo ello, con escenas muy calientes protagonizadas por gente linda, muy linda (el histórico gordo y pelirrojo Enrique VIII aquí es representado por el impresionante Jonathan Rhys Meyers, y con este ejemplo no hace falta aclarar nada más). La propuesta no es inocente: The Tudors vence a los cínicos que descreen del culebrón con el argumento incuestionable de que están contando algo que verdaderamente ocurrió.
Pero el artificio no termina ahí, The Tudors no se conforma con la mixtura de género sino que, en un segundo movimiento, muta el modo de narración a formatos más actuales y digeribles. Los productores de la serie nos proponen inmiscuirnos en los avatares de la dinastía inglesa –con guerras, hogueras y cuernos incluidos- como si estuviésemos metiendo las narices en la intimidad de las salas privadas de sus castillos. La aproximación tiene más que ver con el cotilleo descarnado del True Hollywood Storie de E! que con la narración de proezas y amores a las que veníamos acostumbrados.
Los espectadores caemos por el morbo de ver el chisme de esta especie de celebrities renacentistas. Esperamos ansiosos encontrar el desenlace que ya estudiamos y fisgamos impunes la manera en que Enrique descarta a Catalina y se queda con la Bolena, por supuesto, antes de que esta pierda la cabeza, y no precisamente por amor, sino por obra y gracia de la guillotina. Además, los creadores de la serie son astutos: si la propuesta tiene rating hay cuatro esposas más del rey inglés esperando para alimentar los argumentos de las próximas temporadas.
El programa toma lo que podría ser una novela histórica a lo Felipe Pigna, la mezcla en una coctelera con los genes de Alberto Migré y durante sus diez episodios la transforma en una típica novela o cuento de príncipes y princesas, que incluye al bueno, al villano, al que desea el poder y al que deja todo porque se enamora, actuando según sus ideales y objetivos. Todo ello, con escenas muy calientes protagonizadas por gente linda, muy linda (el histórico gordo y pelirrojo Enrique VIII aquí es representado por el impresionante Jonathan Rhys Meyers, y con este ejemplo no hace falta aclarar nada más). La propuesta no es inocente: The Tudors vence a los cínicos que descreen del culebrón con el argumento incuestionable de que están contando algo que verdaderamente ocurrió.
Pero el artificio no termina ahí, The Tudors no se conforma con la mixtura de género sino que, en un segundo movimiento, muta el modo de narración a formatos más actuales y digeribles. Los productores de la serie nos proponen inmiscuirnos en los avatares de la dinastía inglesa –con guerras, hogueras y cuernos incluidos- como si estuviésemos metiendo las narices en la intimidad de las salas privadas de sus castillos. La aproximación tiene más que ver con el cotilleo descarnado del True Hollywood Storie de E! que con la narración de proezas y amores a las que veníamos acostumbrados.
Los espectadores caemos por el morbo de ver el chisme de esta especie de celebrities renacentistas. Esperamos ansiosos encontrar el desenlace que ya estudiamos y fisgamos impunes la manera en que Enrique descarta a Catalina y se queda con la Bolena, por supuesto, antes de que esta pierda la cabeza, y no precisamente por amor, sino por obra y gracia de la guillotina. Además, los creadores de la serie son astutos: si la propuesta tiene rating hay cuatro esposas más del rey inglés esperando para alimentar los argumentos de las próximas temporadas.
En definitiva, la vida ya no es de color rosa y ni siquiera la ficción acepta engañarnos. Sin embargo, siempre hay lugar para la resistencia. Las soñadoras negadoras y persistentes pueden refugiarse en alguna repetición de Volver, y ver a Arnaldo André sacudir una cachetada a su pareja y jurarle amor incondicional en guaraní. O bien, emprender un viaje retro por los fabulosos mundos del blanco y negro donde Cary Grant o Hamphrey Bogart todavía las miran a los ojos y les dicen que es posible ser felices y comer perdices para siempre.
29 de enero de 2008
Vestidita de rabia
(Emoción Homicida, Flopa) Después de un par de años de amagues y de presentar en vivo un álbum que jamás salía a la luz, Flopa se decidió y saco a la calle su segundo disco, “Emoción Homicida”. Esta demora evidentemente le hizo bien al trabajo que se nota cuidado al detalle para que suene lo mejor posible.
Pero el tiempo de espera resultó un arma de doble filo. Por un lado estaban presentes las ventajas de presentar un trabajo de forma paciente, pero por otro lado corría el riesgo de que las canciones se volvieran viejas. Los seguidores de Flopa, durante estos años, en cada recital pudieron escuchar los temas . Incluso por la Red hacía casi un año que daba vueltas un recital con prácticamente la misma lista de canciones que este disco. Pero el cuidado puesto en el sonido, y un cambio absoluto en el formato de la banda –pasó de acompañarse sólo con guitarras a una formación mas estándar- hicieron que las canciones suenen prácticamente irreconocibles.
Florencia Lestani tiene buenas amistades en el ambiente independiente porteño y no se preocupo en disimularlo en este disco. Empezando por la producción de Juan Ravioli; siguiendo por las guitarras de Kabusacki en todas las canciones; la participación de Manza en tres temas y de Minimal en “Abandona”. La lista se cierra con Pablo Grinjot orquestando “La luz” y los coros de Gabo Ferro y Florencia Ruiz en “La luz” y “Abandona”. La “selección” no es para nada despreciable y eso contribuye en la calidad general de las composiciones.
El álbum esta compuesto por trece canciones, que van desde el optimismo más sano –el tema pop “Total” o el más rockerito “Vestiditas de Sábado”-, hasta la depresión melancólica mas profunda – “Abandona”, “Sangre fría” y “Una vez detrás de otra”-, pasando por temas iracundos dignos de ser gritados con ganas –“La rabia” y el apocalíptico “Esta canción va a terminar mal”-.
Las letras, aunque con altibajos, tienen algunos momentos especialmente buenos, como “Una vez detrás de otra”. De todas formas, Flopa tiene el merito de que mas allá del nivel de su poesía, esta suena sincera. Es decir, son letras sencillas, con un lenguaje simple, creíble, que ayudan a que la canción, más alla de su calidad, siempre suene agradable.
“Emoción Homicida” sigue fiel al estilo que Florencia mostró en sus anteriores trabajos, tanto en la formación “Flopa, Manza, Minimal” como en su anterior disco solista “Dulce, fuerte, grave”, canciones sencillas, algunas más tranquilas, otras más rabiosas.
Su voz, igual que en los otros trabajos, es su rasgo característico. Los que no la tienen entre sus músicos preferidos, señalan ese factor como la gran contra de Flopa. Su forma de cantar gruesa, casi agresiva, suele molestar. Pero la verdad es que sin ese rasgo sus canciones serian totalmente diferentes. Su voz es la que termina de darle sentido a sus composiciones, agregándoles una emotividad furiosa.
La evolución entre sus trabajos es evidente y la elección de sumar más músicos a su formación le sentó perfectamente . Es un disco digno de ser escuchado, tanto por los que la vienen siguiendo desde tiempos remotos, como por los que no la conocen. Incluso quienes hasta ahora no se vieron seducidos, tendrían que darle una oportunidad a este álbum, que podría ser considerado uno de los discos del año que acaba de terminar.
Pero el tiempo de espera resultó un arma de doble filo. Por un lado estaban presentes las ventajas de presentar un trabajo de forma paciente, pero por otro lado corría el riesgo de que las canciones se volvieran viejas. Los seguidores de Flopa, durante estos años, en cada recital pudieron escuchar los temas . Incluso por la Red hacía casi un año que daba vueltas un recital con prácticamente la misma lista de canciones que este disco. Pero el cuidado puesto en el sonido, y un cambio absoluto en el formato de la banda –pasó de acompañarse sólo con guitarras a una formación mas estándar- hicieron que las canciones suenen prácticamente irreconocibles.
Florencia Lestani tiene buenas amistades en el ambiente independiente porteño y no se preocupo en disimularlo en este disco. Empezando por la producción de Juan Ravioli; siguiendo por las guitarras de Kabusacki en todas las canciones; la participación de Manza en tres temas y de Minimal en “Abandona”. La lista se cierra con Pablo Grinjot orquestando “La luz” y los coros de Gabo Ferro y Florencia Ruiz en “La luz” y “Abandona”. La “selección” no es para nada despreciable y eso contribuye en la calidad general de las composiciones.
El álbum esta compuesto por trece canciones, que van desde el optimismo más sano –el tema pop “Total” o el más rockerito “Vestiditas de Sábado”-, hasta la depresión melancólica mas profunda – “Abandona”, “Sangre fría” y “Una vez detrás de otra”-, pasando por temas iracundos dignos de ser gritados con ganas –“La rabia” y el apocalíptico “Esta canción va a terminar mal”-.
Las letras, aunque con altibajos, tienen algunos momentos especialmente buenos, como “Una vez detrás de otra”. De todas formas, Flopa tiene el merito de que mas allá del nivel de su poesía, esta suena sincera. Es decir, son letras sencillas, con un lenguaje simple, creíble, que ayudan a que la canción, más alla de su calidad, siempre suene agradable.
“Emoción Homicida” sigue fiel al estilo que Florencia mostró en sus anteriores trabajos, tanto en la formación “Flopa, Manza, Minimal” como en su anterior disco solista “Dulce, fuerte, grave”, canciones sencillas, algunas más tranquilas, otras más rabiosas.
Su voz, igual que en los otros trabajos, es su rasgo característico. Los que no la tienen entre sus músicos preferidos, señalan ese factor como la gran contra de Flopa. Su forma de cantar gruesa, casi agresiva, suele molestar. Pero la verdad es que sin ese rasgo sus canciones serian totalmente diferentes. Su voz es la que termina de darle sentido a sus composiciones, agregándoles una emotividad furiosa.
La evolución entre sus trabajos es evidente y la elección de sumar más músicos a su formación le sentó perfectamente . Es un disco digno de ser escuchado, tanto por los que la vienen siguiendo desde tiempos remotos, como por los que no la conocen. Incluso quienes hasta ahora no se vieron seducidos, tendrían que darle una oportunidad a este álbum, que podría ser considerado uno de los discos del año que acaba de terminar.
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6 de enero de 2008
En celo

(El Secreto, shh! Ciudad Abierta) No se sabe si por la desidia clásica de un organismo público o por una cuidada estrategia de marketing, Ciudad Abierta, el canal cultural de Buenos Aires, no anuncia los días y horarios de sus programas. Es así que, como de casualidad, podemos algún día encontrarnos con la visión de “El secreto, shh!”.
Tirada entre los yuyos, cual diosa pagana, la poeta Marina Mariasch conduce este ciclo de entrevistas que, según declara en sus promociones, pretende dar a conocer los pensamientos más ocultos de los escritores.
En el escenario natural de improvisado picnic los literatos nacionales son sometidos a los deseos de Mariasch, que, más que curiosidad, parece tener necesidad: necesidad de histeriquear a todos y a cada uno de los entrevistados.
Durante sucesivas emisiones se pudo ver un muestrario de acosos solapados bajo la fachada de entrevista. Por ejemplo, al apuesto Alan Pauls se lo interrogó sobre su fe en la monogamia. Frente a una desalentadora respuesta positiva, la conductora, mientras comía inexplicablemente frutas, pretendió convencer fervientemente al autor de El Pasado sobre la inconveniencia de su posición (sobre todo para aquellas que, como ellas no eran la esposa del escritor).La entrevista terminó con la pregunta más profunda de la emisión: “¿Alan, me pelás vos el Kiwi que yo nunca puedo?
Mariach también incomodó a Pedro Mairal indagando sobre sus costumbres sexuales y las posibilidad de sentir atracción frente a colegas del sexo opuesto (la lucecita de libre en su frente titilaba con insistencia).
Pero en una oportunidad, la compulsión seductora de la poeta le jugó una mala pasada. Esa vez la charla era con el afilado Alberto Laiseca, y Mariach con vos aniñada le contaba sobre sus miedos infantiles sobre lo que podía encontrar debajo de su cama. Cansado del franeleo, el creador de Los Sorias, contestó “Nena, si el que estuviera bajo de tu cama fuera yo, ahí si tendrías que tener miedo…”. Ante el rigor de la respuesta, Marina recobró la postura de su pasadísima treintena cronológica y los carriles de la nota volvieron a senderos más serios y conservadores.
Lejos de los ejemplos de George de Sand o de Simone de Beauvoir, la intelectualidad femenina actual no pretende deslumbrar con su inteligencia, ni con su solidez política ni con su fina ironía. Y, aunque una golondrina no hace un verano, el estilo que se lleva parece ser el de una actitud entre cachonda e idiota que no se entiende muy bien qué tiene que ver con el pensamiento. Dejando una estela de mujeres sin referente y un triste ejemplo para las próximas generaciones las entrevistas de El secreto continuarán hasta que Macri cierre Ciudad Abierta. Dejar muda a Mariach (por lo menos hasta que otro mecenas del mundillo la posicione) puede transformarse, milagrosamente, en el primer y único acierto del PRO en materia de política cultural.
Tirada entre los yuyos, cual diosa pagana, la poeta Marina Mariasch conduce este ciclo de entrevistas que, según declara en sus promociones, pretende dar a conocer los pensamientos más ocultos de los escritores.
En el escenario natural de improvisado picnic los literatos nacionales son sometidos a los deseos de Mariasch, que, más que curiosidad, parece tener necesidad: necesidad de histeriquear a todos y a cada uno de los entrevistados.
Durante sucesivas emisiones se pudo ver un muestrario de acosos solapados bajo la fachada de entrevista. Por ejemplo, al apuesto Alan Pauls se lo interrogó sobre su fe en la monogamia. Frente a una desalentadora respuesta positiva, la conductora, mientras comía inexplicablemente frutas, pretendió convencer fervientemente al autor de El Pasado sobre la inconveniencia de su posición (sobre todo para aquellas que, como ellas no eran la esposa del escritor).La entrevista terminó con la pregunta más profunda de la emisión: “¿Alan, me pelás vos el Kiwi que yo nunca puedo?
Mariach también incomodó a Pedro Mairal indagando sobre sus costumbres sexuales y las posibilidad de sentir atracción frente a colegas del sexo opuesto (la lucecita de libre en su frente titilaba con insistencia).
Pero en una oportunidad, la compulsión seductora de la poeta le jugó una mala pasada. Esa vez la charla era con el afilado Alberto Laiseca, y Mariach con vos aniñada le contaba sobre sus miedos infantiles sobre lo que podía encontrar debajo de su cama. Cansado del franeleo, el creador de Los Sorias, contestó “Nena, si el que estuviera bajo de tu cama fuera yo, ahí si tendrías que tener miedo…”. Ante el rigor de la respuesta, Marina recobró la postura de su pasadísima treintena cronológica y los carriles de la nota volvieron a senderos más serios y conservadores.
Lejos de los ejemplos de George de Sand o de Simone de Beauvoir, la intelectualidad femenina actual no pretende deslumbrar con su inteligencia, ni con su solidez política ni con su fina ironía. Y, aunque una golondrina no hace un verano, el estilo que se lleva parece ser el de una actitud entre cachonda e idiota que no se entiende muy bien qué tiene que ver con el pensamiento. Dejando una estela de mujeres sin referente y un triste ejemplo para las próximas generaciones las entrevistas de El secreto continuarán hasta que Macri cierre Ciudad Abierta. Dejar muda a Mariach (por lo menos hasta que otro mecenas del mundillo la posicione) puede transformarse, milagrosamente, en el primer y único acierto del PRO en materia de política cultural.
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31 de diciembre de 2007
Premios Parca 2007
Mientras vemos dar los últimos respiros al 2007, este blog se dispone a premiar a quienes se le adelantaron y lamentablemente no van a estar para el brindis


1. CATEGORIA MUERTO DEL AÑO 2007 o "se muriò? no lo puedo creer!!": muertes que representan un hito cultural o histórico. Para ser merecedor de esta estatuilla huesuda, la noticia de la muerte del candidato debe permanecer más de tres semanas en los medios, provocar cadenas de mails y cataratas de homenajes.


De Filias y Fobias entrega el premio a muerto del año a ROBERTO FONTANARROSA.
2. CATEGORIA MUERTO REVELACIÓN o "pero si estaba fenómeno...": es el fiambre menos pensado. Su muerte nos recuerda que aunque estemos rebosantes de salud y juventud, cualquier día podemos ocupar un lugar VIP en el panteón familiar.
De Filias y Fobias entrega el premio revelación a MARIO MAZZONE
3. CATEGORIA MUERTO INTRASCENDENTE 2007 o "ah se murió, mirá vos": es aquel que estira la pata y genera invariable indiferencia del público y la prensa. La noticia de su muerte solo merece una placa roja de Crónica y eso, si no es la hora de los caballos o del Quini 6.

4. CATEGORIA MUERTO DE CAJÓN o "nadie miraba, pero se veía venir": categoría reservada para enfermos terminales y/o gente que dedicó su vida a cultivar toda clase de excesos a tal punto de encontrarse en la mira permanente de la parca. 

De Filias y Fobias entrega el premio muerto de cajón a nuestro también muerto del año ROBERTO FONTANARROSA.
5. CATEGORÍA MUERTO CUMPLIÓ SU CICLO o "se murió, pero tuvo una buena vida": son aquellas muertes que no sorprenden y que, aunque dolorosas, hacen justicia al orden natural. Pertenecen a aquellas personas que ya hicieron lo suyo entre los vivos y merecen descansar mirando a los rabanitos crecer desde abajo. Genera aplausos de pie y lagrimeos en la ceremonia del Martìn Fierro.
De Filias y Fobias entrega el premio muerto cumplió su ciclo a NORMAN ERLICH
6. CATEGORÍA MUERTO EXTRANJERO o crepó el gringo: ¿hace falta aclarar?
De filias y Fobias entrega el premio muerto extranjero a LUCIANO PAVAROTTI

De filias y Fobias entrega el premio muerto extranjero a LUCIANO PAVAROTTI
y, fuera de concurso entregamos la guadaña de oro y PREMIO A LA TRAYECTORIA o "tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe"

De Filias y Fobias entrega la Guadaña de Oro a VÍCTOR SUEIRO
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Lo que vendrá....
Como nos gusta jugar a los pitonizos, le pedimos prestada la guadaña a La Parca y nos animamos a predecir quienes llenarán el año próximo los rubros del premio que nadie quiere ganar....
5.Muerto "cumplio su ciclo": Carlitos Balá
1. Muerto del año: Benedicto XVI
3. Muerto intrascendente: Cocho López
4. Muerto de cajón: Robert Downey Jr.
Javier lechuceó a:
4. Muerto de cajon: Pity
5.Muerto "cumplio su ciclo": Carlitos Balá
6. Muerto extranjero: Miguel Bosé
1. Muerto del año: Benedicto XVI
3. Muerto intrascendente: Patricia Palmer
6. Muerto extranjero: Martha Stewart
Paola lechuceó a:
Paola lechuceó a:
3. Muerto intrascendente: Cocho López
4. Muerto de cajón: Robert Downey Jr.
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30 de diciembre de 2007
La Mona Jimenez con rivotril

(¡Lo nuevo de ataque!, El robot bajo el agua) Ya desde los tiempos de Jaime Sin Tierra las composiciones de Nicolas Kramer llevaban encima una gran ambivalencia.
Eran canciones que se amaban o se odiaban. O seducían con sus letras y sus melodías relajantes o aburrían hasta límites insospechados. Con ese estilo particular y hasta sectario, Jaime Sin Tierra logró hacerse un reducido pero incondicional público, que incluso siguió creciendo después de la separación.
En su nuevo proyecto, Kramer apostó por multiplicar la fórmula por cien, volviendo aún más llanas sus letras, mucho mas monótonas sus canciones, mucho más automatizado su método de composición. El primer disco – Óptica Espacial desde el corazón- podría tomarse como una provocación, o un álbum conceptual, el segundo –Destrabando la palanca-, un refuerzo de la idea original. Ya el tercero – Solo resta sumar- , olía a exceso y su nombre parecía ser más bien una confesión.
Pero alcanza con escuchar diez segundos de ¡Lo nuevo de ataque! para darse cuenta que de nuevo no tiene nada, y perder casi por completo las ganas de seguir escuchando. Son canciones que ya escuchamos una veintena de veces, y ni siquiera en su versión original resultaban un derroche de originalidad.
Se puede experimentar haciendo música, jugando con la repetición de un mismo sonido. Si uno es arriesgado, puede mantener ese mismo tono en todo el disco. Pero cuando ya tenés una discografía de cuatro volúmenes, y seguís grabando la misma canción y solamente cambian las letras, algo falla. Sos la Mona Jiménez, pero sin la posibilidad de bailar.
Es una pena, porque las líricas saben tener sus momentos agradables, pero mezclados entre tanta simpleza, parecen más un descuido que el resultado de un trabajo meditado.
Por otro lado es difícil descubrir esos momentos, porque al ser tan constante el sonido de las canciones, es sumamente fácil distraerse y dejar de prestar atención a lo que se está escuchando. Por eso es necesario un esfuerzo para disfrutar las letras, y al hacerlo, uno termina aburriéndose demasiado rápido.
Es difícil saber qué es lo que intenta hacer Kramer con El robot bajo el agua. Quizás habría que pensarlo como un disco ambiental, de esos que se dejan sonando sin prestarle atención a las canciones. Pero de ser así, no se entiende bien la presencia de letras. Además en el caso de ser discos ambientales, debería tener una mayor cantidad de variaciones en el clima, y en el sonido entre álbum y álbum, que realmente no tiene.
Es un disco sólo para esos fanáticos incondicionales, que siguen a Kramer a ciegas desde los tiempos de Jaime Sin Tierra. Pero si el Robot sigue buceando bajo las mismas aguas es muy probable que esa incondicionalidad se vuelva relativa y termine por perderse.
Eran canciones que se amaban o se odiaban. O seducían con sus letras y sus melodías relajantes o aburrían hasta límites insospechados. Con ese estilo particular y hasta sectario, Jaime Sin Tierra logró hacerse un reducido pero incondicional público, que incluso siguió creciendo después de la separación.
En su nuevo proyecto, Kramer apostó por multiplicar la fórmula por cien, volviendo aún más llanas sus letras, mucho mas monótonas sus canciones, mucho más automatizado su método de composición. El primer disco – Óptica Espacial desde el corazón- podría tomarse como una provocación, o un álbum conceptual, el segundo –Destrabando la palanca-, un refuerzo de la idea original. Ya el tercero – Solo resta sumar- , olía a exceso y su nombre parecía ser más bien una confesión.
Pero alcanza con escuchar diez segundos de ¡Lo nuevo de ataque! para darse cuenta que de nuevo no tiene nada, y perder casi por completo las ganas de seguir escuchando. Son canciones que ya escuchamos una veintena de veces, y ni siquiera en su versión original resultaban un derroche de originalidad.
Se puede experimentar haciendo música, jugando con la repetición de un mismo sonido. Si uno es arriesgado, puede mantener ese mismo tono en todo el disco. Pero cuando ya tenés una discografía de cuatro volúmenes, y seguís grabando la misma canción y solamente cambian las letras, algo falla. Sos la Mona Jiménez, pero sin la posibilidad de bailar.
Es una pena, porque las líricas saben tener sus momentos agradables, pero mezclados entre tanta simpleza, parecen más un descuido que el resultado de un trabajo meditado.
Por otro lado es difícil descubrir esos momentos, porque al ser tan constante el sonido de las canciones, es sumamente fácil distraerse y dejar de prestar atención a lo que se está escuchando. Por eso es necesario un esfuerzo para disfrutar las letras, y al hacerlo, uno termina aburriéndose demasiado rápido.
Es difícil saber qué es lo que intenta hacer Kramer con El robot bajo el agua. Quizás habría que pensarlo como un disco ambiental, de esos que se dejan sonando sin prestarle atención a las canciones. Pero de ser así, no se entiende bien la presencia de letras. Además en el caso de ser discos ambientales, debería tener una mayor cantidad de variaciones en el clima, y en el sonido entre álbum y álbum, que realmente no tiene.
Es un disco sólo para esos fanáticos incondicionales, que siguen a Kramer a ciegas desde los tiempos de Jaime Sin Tierra. Pero si el Robot sigue buceando bajo las mismas aguas es muy probable que esa incondicionalidad se vuelva relativa y termine por perderse.
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29 de diciembre de 2007
23 de diciembre de 2007
Tambien tenemos buenos deseos...
Que el maquillaje no borre tu risa,
Que el equipaje no lastre tus alas,
Que el calendario no venga con prisas,
Que el diccionario detenga las balas.
Que las persianas corrijan la aurora,
Que gane el quiero la guerra del puedo,
Que los que esperan no cuenten las horas,
Que los que matan se mueran de miedo.
Que el fin del mundo te encuentre bailando,
Que el ciberespacio nos tiña las canas,
Que nunca sepas ni cómo, ni cuándo,
ni ciento volando, ni ayer ni mañana.
Que el corazón no se pase de moda,
Que los otoños te doren la piel,
Que cada noche sea noche de bodas,
Que no se ponga la luna de miel.
Que las verdades no tengan complejos,
Que las mentiras parezcan mentiras,
Que no te den la razón los espejos,
Que te aproveche mirar lo que miras.
Que no se ocupe de ti el desamparo,
Que cada cena sea tu última cena,
Que ser valiente no salga tan caro,
Que ser cobarde no valga la pena.
Que no te compren por menos de nada,
Que no te vendan amor sin espinas,
Que no te duerman con cuentos de hadas,
Que no te cierren el bar de la esquina
Que todas las noches sean noches de boda,
Que todas las lunas sean lunas de miel…
Que el equipaje no lastre tus alas,
Que el calendario no venga con prisas,
Que el diccionario detenga las balas.
Que las persianas corrijan la aurora,
Que gane el quiero la guerra del puedo,
Que los que esperan no cuenten las horas,
Que los que matan se mueran de miedo.
Que el fin del mundo te encuentre bailando,
Que el ciberespacio nos tiña las canas,
Que nunca sepas ni cómo, ni cuándo,
ni ciento volando, ni ayer ni mañana.
Que el corazón no se pase de moda,
Que los otoños te doren la piel,
Que cada noche sea noche de bodas,
Que no se ponga la luna de miel.
Que las verdades no tengan complejos,
Que las mentiras parezcan mentiras,
Que no te den la razón los espejos,
Que te aproveche mirar lo que miras.
Que no se ocupe de ti el desamparo,
Que cada cena sea tu última cena,
Que ser valiente no salga tan caro,
Que ser cobarde no valga la pena.
Que no te compren por menos de nada,
Que no te vendan amor sin espinas,
Que no te duerman con cuentos de hadas,
Que no te cierren el bar de la esquina
Que todas las noches sean noches de boda,
Que todas las lunas sean lunas de miel…
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18 de diciembre de 2007
Qué par de pájaros los dos…
(Concierto: Dos pájaros de un tiro. Sabina-Serrat. 13 de diciembre. La Bombonera) La apuesta era arriesgada, aunque los dos cantautores compartan el prestigio poético de los trovadores de la madre patria, una extendida corte de devotos porteños y una ermita particular levantada por el público psicobolche.
Todo podía fallar, de hecho, lo más posible era que eso sucediera. Si algo quedó claro en el show que juntó en el último fin de semana a Sabina y a Serrat en la Bombonera, era que los organizadores tenían presentes todas las posibles variantes desastrosas y decidieron jugar en el espectáculo irónicamente con eso. El resultado fue un monstruo, un híbrido, que, con sus puntos más altos y sus momentos olvidables, funcionó mejor de lo que nadie esperaba.
El primer desafío era previo a la fecha y se había superado: arrastrar a las señoras y sus resignados y/o nostalgiosos maridos al campo de la cancha de Boca y conseguir que las nuevas hordas de seguidores de Sabina, tan púberes como insolventes, pagaran una entrada no barata para ver medio show de un anciano desconocido. Pero el triunfo sobre este escollo acarreó el otro problema: un público variopinto, acostumbrado a rutinas de concierto más bien opuestas y que no sabía bien a ciencia cierta qué iba a escuchar.
“Gracias a los que vinieron traidos por las ganas de estar acá y a los que llegaron venciendo los escrúpulos” abrió Serrat a modo de confesión, como aclarando las reglas de juego desde el vamos. Era claro que las masas eran de Sabina, que lo que iba a garantizar el clima y el espíritu del show iba a estar de ese lado, y el catalán, zorro viejo al que las multitudes no le son desconocidas, apeló a todo su carisma para asegurarse no ser escupido y abucheado durante “Tu nombre me sabe a hierba”.
La dinámica del recital se orientó a acercar a los dos músicos, a ponerlos en un resbaladizo terreno común unido por búsquedas poéticas, inconformismos morales y espíritu lúdico. Con este fin, se eligieron los temas más sabineros de Serrat, y el repertorio de Sabina que acusa más influencias de “su primo el Nano”. Hay que decir que Sabina salió ganando en esta fórmula, porque los temas más cuidados, menos apresurados y más mesurados son lo más interesante de su obra. Del otro lado, las canciones con melodías mas pegadizas y letras más infames, con espíritu de hit de Serrat son las que menos resisten el paso del tiempo. Atrás de “Para la libertad” hay montones de páginas desconocidas, que nadie corearía, pero son mucho más lindas.
No sólo en el repertorio elegido se notó este diálogo. Buena parte de las casi tres horas de concierto, los dos pájaros (por momentos al borde de lo pajarón, hay que decirlo) lo dedicaron a hacer comedia y a ironizar sobre las debilidades propias y ajenas. Cabe una mención especial a la versión pimpinelezca de “No hago otra cosa que pensar en ti” y a los cuadros de Stand up bizarro. El espíritu era de fiesta, de desparpajo, y Serrat se mostró a la altura del juego desestructurado de los espectáculos de Sabina, hasta el punto de incluir algún que otro amague de rockstar que, aunque no llegó a sonar del todo natural, resultó simpático. Pero, en la misma medida y como desquite, se notó la mano firme del catalán sobre la dirección musical del encuentro: la impresionante formación de músicos sonó ajustadísima y los arreglos de Miralles fueron increíbles (nunca sabremos cuanto de exigencia del director musical tuvo la misteriosa desaparición del histriónico y desastroso en proporciones iguales, guitarrista, Panchito Varona). Una vez más, en este trueque Sabina salió favorecido, sus canciones bien arregladas y orquestadas, se estilizan y suenan mucho mejor de lo que suelen sonar. Es verdad que estas mismas orquestaciones, que se alejan de las melodías más simples de los discos, atentaron fieramente contra el karaoke general y desinflaron en varios momentos a la platea. Pero, quizá, no esté de más este viaje a una forma distinta de escuchar un concierto, donde tengan lugar otras cosas además de cantar a los gritos. Es posible que a Serrat le haya servido la experiencia para incorporar un par de generaciones que lo ignoraban a sus seguidores, pero realmente no aportó nada demasiado interesante a quienes ya lo conocían: para levantar el estadio apeló a una infalible lista de grandes éxitos que se pareció más un concierto homenaje que a la demostración de un músico activo.
Este juntos y revueltos, en el que el único denominador común parecía ser la categoría cantautor español, funcionó llamativamente bien a pesar de todo. Fue una noche extraña, una puja amable de estilos y códigos bien distintos. Un espectáculo movilizado por la voluntad de dos tipos de compartir el escenario, dio como resultado un concierto divertido y un muy buen momento.
Todo podía fallar, de hecho, lo más posible era que eso sucediera. Si algo quedó claro en el show que juntó en el último fin de semana a Sabina y a Serrat en la Bombonera, era que los organizadores tenían presentes todas las posibles variantes desastrosas y decidieron jugar en el espectáculo irónicamente con eso. El resultado fue un monstruo, un híbrido, que, con sus puntos más altos y sus momentos olvidables, funcionó mejor de lo que nadie esperaba.
El primer desafío era previo a la fecha y se había superado: arrastrar a las señoras y sus resignados y/o nostalgiosos maridos al campo de la cancha de Boca y conseguir que las nuevas hordas de seguidores de Sabina, tan púberes como insolventes, pagaran una entrada no barata para ver medio show de un anciano desconocido. Pero el triunfo sobre este escollo acarreó el otro problema: un público variopinto, acostumbrado a rutinas de concierto más bien opuestas y que no sabía bien a ciencia cierta qué iba a escuchar.“Gracias a los que vinieron traidos por las ganas de estar acá y a los que llegaron venciendo los escrúpulos” abrió Serrat a modo de confesión, como aclarando las reglas de juego desde el vamos. Era claro que las masas eran de Sabina, que lo que iba a garantizar el clima y el espíritu del show iba a estar de ese lado, y el catalán, zorro viejo al que las multitudes no le son desconocidas, apeló a todo su carisma para asegurarse no ser escupido y abucheado durante “Tu nombre me sabe a hierba”.
La dinámica del recital se orientó a acercar a los dos músicos, a ponerlos en un resbaladizo terreno común unido por búsquedas poéticas, inconformismos morales y espíritu lúdico. Con este fin, se eligieron los temas más sabineros de Serrat, y el repertorio de Sabina que acusa más influencias de “su primo el Nano”. Hay que decir que Sabina salió ganando en esta fórmula, porque los temas más cuidados, menos apresurados y más mesurados son lo más interesante de su obra. Del otro lado, las canciones con melodías mas pegadizas y letras más infames, con espíritu de hit de Serrat son las que menos resisten el paso del tiempo. Atrás de “Para la libertad” hay montones de páginas desconocidas, que nadie corearía, pero son mucho más lindas.

No sólo en el repertorio elegido se notó este diálogo. Buena parte de las casi tres horas de concierto, los dos pájaros (por momentos al borde de lo pajarón, hay que decirlo) lo dedicaron a hacer comedia y a ironizar sobre las debilidades propias y ajenas. Cabe una mención especial a la versión pimpinelezca de “No hago otra cosa que pensar en ti” y a los cuadros de Stand up bizarro. El espíritu era de fiesta, de desparpajo, y Serrat se mostró a la altura del juego desestructurado de los espectáculos de Sabina, hasta el punto de incluir algún que otro amague de rockstar que, aunque no llegó a sonar del todo natural, resultó simpático. Pero, en la misma medida y como desquite, se notó la mano firme del catalán sobre la dirección musical del encuentro: la impresionante formación de músicos sonó ajustadísima y los arreglos de Miralles fueron increíbles (nunca sabremos cuanto de exigencia del director musical tuvo la misteriosa desaparición del histriónico y desastroso en proporciones iguales, guitarrista, Panchito Varona). Una vez más, en este trueque Sabina salió favorecido, sus canciones bien arregladas y orquestadas, se estilizan y suenan mucho mejor de lo que suelen sonar. Es verdad que estas mismas orquestaciones, que se alejan de las melodías más simples de los discos, atentaron fieramente contra el karaoke general y desinflaron en varios momentos a la platea. Pero, quizá, no esté de más este viaje a una forma distinta de escuchar un concierto, donde tengan lugar otras cosas además de cantar a los gritos. Es posible que a Serrat le haya servido la experiencia para incorporar un par de generaciones que lo ignoraban a sus seguidores, pero realmente no aportó nada demasiado interesante a quienes ya lo conocían: para levantar el estadio apeló a una infalible lista de grandes éxitos que se pareció más un concierto homenaje que a la demostración de un músico activo.
Este juntos y revueltos, en el que el único denominador común parecía ser la categoría cantautor español, funcionó llamativamente bien a pesar de todo. Fue una noche extraña, una puja amable de estilos y códigos bien distintos. Un espectáculo movilizado por la voluntad de dos tipos de compartir el escenario, dio como resultado un concierto divertido y un muy buen momento.
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10 de diciembre de 2007
1 de diciembre de 2007
El destino en los ojos de Medem

(Los Amantes del Círculo Polar. Julio Medem) ¿Todo se rige por el azar o hay un gran arquitecto que desde siempre diseñó nuestras vidas? Ésta es la pregunta del millón que todo el mundo se hace y que pocos se atreven a responder con absoluta seguridad.
En materia de amor, el corazón se pone sensible y las preguntas anteriores se vuelven urgentes. ¿Este chico que acabamos de conocer será “el elegido”? ¿Aquella chica que se acaba de ir sin avisar hubiera sido la mujer de nuestra vida? Todos quieren saber y nadie tiene certezas que ofrecer.
Julio Medem hizo una película con estas preguntas y encontró tres respuestas distintas.
En Los Amantes del Círculo Polar, Otto y Ana, sus protagonistas, viven, cada uno a su manera, una historia de amor que empieza en la infancia y que luego de varios encuentros y desencuentros, termina 20 años despues en Finlandia, casi al borde del fin del mundo.
En materia de amor, el corazón se pone sensible y las preguntas anteriores se vuelven urgentes. ¿Este chico que acabamos de conocer será “el elegido”? ¿Aquella chica que se acaba de ir sin avisar hubiera sido la mujer de nuestra vida? Todos quieren saber y nadie tiene certezas que ofrecer.
Julio Medem hizo una película con estas preguntas y encontró tres respuestas distintas.
En Los Amantes del Círculo Polar, Otto y Ana, sus protagonistas, viven, cada uno a su manera, una historia de amor que empieza en la infancia y que luego de varios encuentros y desencuentros, termina 20 años despues en Finlandia, casi al borde del fin del mundo.
Teoría I. El amor en los ojos de Otto: Otto es cándido creyente en el amor eterno. Encuentra en la fidelidad, la regla de la existencia del enamorado. Primero se revela contra la separación de sus padres y jura que siempre estará al lado de su madre abandonada. Luego se enamora de Ana, la hija de la nueva novia de su papá. Estos amores serán las hojas de ruta que marquen sus pasos a seguir. “Estar enamorado, amigos, es encontrar el nombre justo de la vida” decía el empalagoso poeta Francisco Bernardez, y Otto, si lo leyera, suscribiría entusiasta al pie del verso.
Teoría II. El amor en los ojos de Ana: Ana, por su parte, cree que su historia de amor está signada por una cadena de casualidades. Pero no de cualquier casualidad, sino de aquellas que su voluntad indica que tienen que suceder. Por eso pone a prueba todo el tiempo al destino. Otto será su pareja solamente si la sigue y descifra los signos que su cabeza afiebrada le pide que le muestre. Sucesos totalmente caprichosos como pronunciar “esa” frase en determinado momento o estar en el lugar indicado en el tiempo correcto son indispensables para ella. Si no tiene que ser, no va a ser, piensa Ana. Hace falta ser muy caprichoso y corajudo para exponer el pellejo a esta ruleta rusa constante . Quienes decidan ver la película ya sabrán cómo le va.
Teoría III. El amor en los ojos del director: Hasta ahora todos estábamos identificados en uno u otro bando de los personajes y seguíamos paso a paso sus desventuras amorosas, pero en determinado momento la película deja de ser una love story y se convierte en la demostración de un ensayo filosófico de Medem.
Para Medem la verdad es circular y cada historia contiene en el principio un final que fatalmente ocurrirá, sin importar las piruetas que se puedan ensayar para torcerlo. Con el destino de estandarte, derrota a las dos teorías de los protagonistas del film y les demuestra que sus creencias son vanas. Les enseña que no hay amor o suerte que valga, que el guión de la historia de los mortales ya fue escrito, y que contra eso, no se puede patalear.
Aprovechando los “superpoderes” que le da su función de director, a Otto le presenta todo tipo de traiciones amorosas, ajenas y propias; y a Ana, le pone miles de trampas para mostrarle que las “casualidades” que tanto busca pueden arruinarle la vida.
Pero no conforme con eso, hacia el final del film, Medem creyó necesario que su teoría se viera probada totalmente y, para eso, echó mano a toda clase de trucos de guión que hacen que el final de “Los amantes del Círculo Polar” sea increíble o, por lo menos, incómodo. Las coincidencias se vuelven forzadas y las simetrías de sospechosa probabilidad.
No se va a decir acá si la película termina bien o mal, pero sí que concluye como el Destino (así, con mayúscula), encarnado en la cámara de Medem, quiere. Sabemos que un director es el dios de su obra, pero toda religión requiere de feligreses y si la doctrina no es convincente, el culto puede quedar a mitad de camino. Eso le pasó a Medem, justo al final, sus dogmas seculares no pudieron convencer a los hombres de poca fe. Muy a nuestro pesar, cualquier respuesta absoluta nos despierta desconfianza.
Para Medem la verdad es circular y cada historia contiene en el principio un final que fatalmente ocurrirá, sin importar las piruetas que se puedan ensayar para torcerlo. Con el destino de estandarte, derrota a las dos teorías de los protagonistas del film y les demuestra que sus creencias son vanas. Les enseña que no hay amor o suerte que valga, que el guión de la historia de los mortales ya fue escrito, y que contra eso, no se puede patalear.
Aprovechando los “superpoderes” que le da su función de director, a Otto le presenta todo tipo de traiciones amorosas, ajenas y propias; y a Ana, le pone miles de trampas para mostrarle que las “casualidades” que tanto busca pueden arruinarle la vida.
Pero no conforme con eso, hacia el final del film, Medem creyó necesario que su teoría se viera probada totalmente y, para eso, echó mano a toda clase de trucos de guión que hacen que el final de “Los amantes del Círculo Polar” sea increíble o, por lo menos, incómodo. Las coincidencias se vuelven forzadas y las simetrías de sospechosa probabilidad.
No se va a decir acá si la película termina bien o mal, pero sí que concluye como el Destino (así, con mayúscula), encarnado en la cámara de Medem, quiere. Sabemos que un director es el dios de su obra, pero toda religión requiere de feligreses y si la doctrina no es convincente, el culto puede quedar a mitad de camino. Eso le pasó a Medem, justo al final, sus dogmas seculares no pudieron convencer a los hombres de poca fe. Muy a nuestro pesar, cualquier respuesta absoluta nos despierta desconfianza.
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24 de noviembre de 2007
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