7 de mayo de 2011

El mito de la caverna


Por Cecilia Simeoni
Cave of Forgotten Dreams.Werner Herzog.2010.
Una película de Herzog nunca es lo que es, siempre es algo más. Es otra cosa, muchas cosas más. Pero siempre, indefectiblemente un Herzog es un Herzog. No importa si es una épica en el Amazonas o si es un policial intoxicado. No importa si es un documental o una ficción, un Herzog tiene siempre una marca en el orillo que lo convierte en otro género que va más allá de las dos cosas. Un Herzog es un Herzog.

Uno de los rasgos particulares de esta marca es el exceso. Exceso de imágenes, exceso de técnica, exceso de ideas. Desde su concepción barroca del mundo, Herzog construye piezas que están en permanente tensión. Sus historias (reales o inventadas) nunca cuentan una relación armónica con el mundo. Siempre habla de una relación tensa (crispada sería la palabra ideal si no fuera porque no puede usarse más).
Por eso cuando empezó a circular el rumor de que Herzog iba a filmar un documental 3 d, los que conocemos su gusto por el exceso pensamos que quizá la experiencia iba a ir muy lejos. Y no nos equivocamos.

Como de costumbre la anécdota es lo de menos. La excusa histórico- arqueológica de visitar unas cuevas está al mismo nivel que el esquiador especialista en salto a distancia, los pozos petroleros en llamas o los escaladores de la montaña luminosa. Esta vez, parece que Werner consiguió permiso del gobierno de Francia y, cobrando sólo un euro de caché, se metió a filmar en unas cuevas que llevan 32.000 años selladas y a la que no puede entrar nadie más que un selectísimo grupo de científicos.

La mirada es atenta pero creativa. El director parece darle tanta importancia a lo que pasa dentro de la cueva como lo que pasa dentro de su cabeza. Todo lo que muestra con sensibilidad documental está colado por su punto de vista que conduce, recorta, interpreta cada dato científico y lo manipula para su interés. El uso que hace del 3d no es para nada naturalista. Aunque por momentos lo usa para darnos la impresión de estar descendiendo con él y su equipo a la zona vedada y de sufrir como él por no poder estirar la mano para tocar los huesos y las pinturas tan al alcance, la mayoría del tiempo abusa del relieve convirtiendo piedras, estalactitas y estalagmitas en potentes fantasmagorias, apariciones fantásticas que nos llenan los ojos y nos interpelan con violencia. Todo parece dispuesto dentro de la cueva para la visita: los huesos de osos cavernarios regados con cuidado para ser vistos por el lente, piedras colocadas sugestivamente que indican rituales desconocidos, marcas de animales salvajes que ya no existen y arañaron las paredes. Entre esos restos Herzog rescata historias, rastrea el rasgo humano, husmea para encontrar la marca de quienes estuvieron, habitaron y utilizaron esa cueva hace miles de miles de años. Usa el 3d con un fin sobrecogedor para rescatar el detalle mínimo, la marca de la mano, las cenizas de las antorchas, la huella y, por supuesto, los dibujos.

“Acá, junto a la entrada no hay dibujos” dice el primer científico Ciceron después de que pasamos con la cámara la vedada puerta de nuestra cápsulas del tiempo, “eligieron que estuvieran en la profundidad, en al oscuridad” y encantados con esta idea, nos conduce a la zona oscura y en ella a los pictogramas. En un juego sugestivo Herzog nos muestra con la última tecnología disponible, el 3d, las imágenes que hombres anónimos hace miles de años plasmaron con las primeras tecnologías conocidas. Estas figuras, bajo la lente de Herzog se convierten en una teoría del proto-cine cuando nos muestra que los dibujos de animales con 8 patas bebían crear un efecto de movimiento cuando se combinara las irregularidades de la cueva y los efectos de la luz vacilante de las antorchas. De la mano de otro especialista nos topamos con la idea de que las siluetas proyectadas sobre el fondo de la caverna debían dar el efecto de figuras bailantes y el inglés afectado de Herzog construye la genealogía poniendo a esos homo sapiens como precursores de Fred Astaire y como los creadores de la primera forma humana no sólo representada sino proyectada.

En este documental de Herzog la cueva no es solo una curiosidad arqueológica, es una gran caja de Pandora que encierra los secretos del origen del Arte, de pero no cualquier arte, de su arte, el cine. Los pictogramas muestran el mundo, la realidad del mundo de estos proto hombres, pero para mostrarlos lo construyen de nuevo, como Herzog, para verlo en la profundidad de una sala oscura.

Pero el director no se detiene acá, como quien junta las piezas de un gran rompecabezas, indaga, investiga, pregunta con una curiosidad infantil y con un espíritu lúdico que se deja fascinar por las respuestas, y entre estas idas y vueltas dentro y fuera de la cueva, Herzog va pisando otro terreno ya conocido de todas sus películas, la historia de gente obsesionadas. Gente para la que su ocupación no es sólo una forma de pasar el tiempo, es más bien un padecer, una enfermedad. Y así nos encontramos con las historias de quienes trabajan en la cueva: construye ante nuestros ojos el mito del arqueólogo que antes había trabajado en el circo y que tuvo que dejar de entrar a la cueva porque de noche lo perseguían leones en sueños. La de un espeleólogo que en el pasado fue un excelso perfumista y hoy confía en su nariz para detectar nuevas cuevas. La científica en jefe, especie de malvada madre superiora, que vigila celosamente los caminos de piedra pero puede reconocer a uno de los primitivos artistas por su meñique torcido. El paso de comedia del científico incapaz de mostrar la eficacia de los elementos de caza o el musicólogo que sostiene que dentro de las posibles melodías interpretadas por nuestros ancestros con una flauta de hueso de pájaro, muy posiblemente, estuviera la el himno de EEUU.

Herzog va y viene del pasado al presente, de los proto hombres a los hombres actuales. Mezcla una computadora que simula las capas de las pinturas con una hoguera prendida hace miles de siglos. Hace convivir a un niño con un lobo que quizá nunca se vieron. Hace cazar a un científico un caballo imaginario con un arma que quizá existió.

Todo es conmovedoramente cierto dentro de la caverna que en sus paredes, como en el mito platónico, tiene reflejados los arquetipos del arte que fue y del que iba a ser. Pero también todo es apariencia, todo parece especulación y, en cierta medida, fantasía incontrastable. Verdades científicas y fabulaciones están tan cerca que es difícil ver dónde termina una y empieza la otra. La cueva es una cápsula del tiempo en la que se mezclan las vidas de los hombres que vivieron hace miles de años y las que hoy viven en la cueva. Un misterio tan grande y fascinante se esconde en los motivos de unos y de otros, y el ojo de Herzog está ahí para revelárnoslo.

19 de abril de 2011


Por Cecilia Simeoni

Música Campesina. Alberto Fuguet, Chile, EEUU, 2011- Fuguet parece haber conseguido el difícil objetivo de hacer una película de inmigrantes sin caer en los lugares comunes de este género. Su película Música campesina cuenta la historia de un hombre que viaja a vivir en un país que no es el suyo pero sin caer en el miserabilismo ni el patetismo social que parece ser asunto obligado de todas las películas que abordan el tema.


Esta película cuenta la historia de Alejandro, un chileno clase media que migra a la tierra del sueño americano sin el entusiasmo típico del inmigrante. O mejor dicho con otro entusiasmo muy diferente (equivalente a la fuerza de una yunta de bueyes, según la sabiduría popular) que genera seguir a una gringa con la que ha vivido un fuerte encaprichamiento en su tierra natal. Abandonado por la chica en cuestión nuestro héroe burguesito se encuentra catapultado a un lugar en el que no esperaba encontrarse. Como no puede afrontar la vergüenza de volver a casa con el rabo entre las patas, pasea por la tierra extranjera siendo el otro, como tantos inmigrantes que llegaron allí en busca de un sueño, pero a él que el sueño se le acaba de desbaratar entre las manos, le falta la ilusión y las verdaderas ganas de integrarse.


Fuguet pasea a Alejandro por todos los cliché del género: tiene que ponerse en la piel del personal de servicio, del latin lover, del inmigrante ilegal, debe aclarar 50 veces dónde está Chile y sobre todo, debe afrontar el exilio más duro de todos: el que implica estar incomunicado cultural y lingüísticamente en una sociedad que, en el fondo, lo desprecia bastante.


Una vez más, el director podría habernos descargado una batería ejemplificadora sobre la pluralidad cultural, pero opta por caminos más complejos que llevan a la empatía por la parodia y el humor creando un personaje querible con el que es muy difícil no identificarse.


En este sentido, la lucha con el idioma es una de las herramientas principales. El inglés mentiroso que le permitía chapucear en su tierra natal y manejarse mal que mal en los viajes turísticos es, a todas luces, insuficiente entre los nativos y un humor absurdo y angustioso surge en los gags de incomunicación en los que todos (sobretodo los poliglotas chapuceros) nos sentimos solidarizados.


Esta empatía se apoya en una excelente actuación que mantiene toda la fuerza de la historia pero también en un manejo de la imagen y el sonido que actúa como potenciador de lo cercano y afín, pero también, de la fealdad y la frialdad de lo extraño y distante. La banda de sonido subraya todo el tiempo ese horizonte cultural que Estados Unidos representa para el imaginario de los habitantes "culturalmente motivados" de las ciudades grandes de Latinoamérica y al mismo tiempo desviste esta ilusión cuando descubrimos que en su entorno natural es solo paisaje lo que de lejos se ve con un aura de mito. Un astuto tratamiento del sonido nos lleva de a ratos al interior del personaje, con un off que está más cerca de un fluir de la conciencia literario (al fin y al cabo hay que recordar que Fuguet viene de la literatura) que de un recurso que en cine siempre es artificial y hasta molesto. Con la cámara pasa algo parecido, registra cuidadosamente el entorno, está puesta al servicio del los ojos del personaje y vemos todo lo feo, lo frío y lo hostil que puede ser ese no lugar en el medio de algún lado del sur de los Estados Unidos.

Contra la ilusión de encontrar una vida mejor en el primer mundo, con la conciencia de que en un mundo globalizado siempre se puede seguir siendo diferente y con las ganas de contar una vieja historia de una manera nueva, Fuguet nos presenta este pequeño cuento de iniciación que nos ayuda a pensar qué pasa cuando uno está en los zapatos del otro..

14 de abril de 2011

High-tech al servicio de la guarrada

Por Cecilia Simeoni

Torrente 4, Lethal crisis, Santiago Segura, España, 2011- No es necesario emitir juicio sobre Torrente. No es necesario e, incluso, es superfluo. Pero la experiencia de asistir a Torrente 3 D en el marco del Bafici y mucho más aún a las 10.30 de la mañana, sobria y sin amigos alrededor es única y merece ser recordada.

Por Cecilia Simeoni

La película es más de lo mismo, un compendio de humor alegremente vulgar , xenofobia y sexismo que resulta tan gracioso (aún sobrio, recién levantado y rodeado de cinéfilos) que pone fuera de cuestión todo asunto fílmico asociado a la realización o construcción del film.

Lo que se puede decir es que Santiago Segura es implacable en la construcción de su James Bond castizo y decadente y que después de la primera o la segunda Torrente en tu vida, no te que da más que sentarte ante la pantalla, suspender el juicio y entregarte a lo más adolescente y primitivo de uno para morirse de risa.


El 3D , realmente, es un detalle accesorio que no hace más ni menos gracioso el producto final. Aunque la audiencia cinéfila de la función de prensa recibió con algarabía el fogonazo de un pedo prendido como lanzallamas y unas tetas que parecían al alcance de la mano. Incluso una reputada intelectual (que solía ser de izquierda y ahora es columnista en la revista de La Nación) rió a prótesis batiente cuando Torrente dijo que para el trabajo sucio era mejor contar con la mano de un compadre... como para una pajilla.


No se puede saber bien por que Torrente funciona tan bien con un producto tan cercano a Midachi o a Sofovich. Quizás porque hablado en gallego nos resulta mas gracioso, quizás porque apela al guarro que todos llevamos dentro . Pero Torrente 4,Lethal crisis es la demostración de que Segura puede hacer reír hasta las piedras o lo que es lo mismo a un grupo de críticos que esperaba los títulos para correr a ver lo último en critica social de un director japonés.

Vencedores vencidos

Por Paola Simeoni

Qué sois ahora? Gustavo Galuppo y Mariano Goldgrob. Argentina, 2011- La Pequeña Orquesta de Reincidentes fue un rey oscuro y tapado que reinó por dieciocho años hasta que, por voluntad propia, decidió abdicar. La corona de este rey no la vieron los que no quisieron, pero brillaba fuertemente por los boliches de Buenos Aires durante los 90 y casi toda la primera década del nuevo siglo.


Este Bafici estrenó un documental que habla de ellos, y parte desde su final para contar y describir a la banda. Empieza contando de que los Reincidentes ya no existen, que no pudieron continuar y de allí, como desenterrando a un muerto, cuenta su historia.


Entonces, una corte de voces sin nombre opina sobre la banda, dice que eran independientes por convicción y vocación de ostracismo. Que no le importaban las modas y que vestían de traje para demostrar que su música iba en serio. Los hermanan con Nick Cave, con Roberto Arlt, con Emir Kusturica y Leopoldo Torre Nilsson, pero, piensan, que más que todo, eran ellos mismos haciendo lo que les salía hacer. También se lamentan de lo mal que hicieron las cosas, que no se avivaron y agarraron la sortija del triunfo, que se hundieron de puro obstinados. No lo dicen explícitamente, pero lo dan entender, creen que fueron medio salames, que no la vieron y por eso perdieron. Es sin duda, la crónica de una derrota. Pero, mientras tanto, a las imágenes y a la banda de sonido no les importa el lechuceo y gozosas se remontan al pasado, a esos recitales de humo, camisa y corbata. Contradicen el discurso derrotista de la voz en off y se exhiben triunfantes, reflejo de un pasado que, pese a todo lo dicho, cuesta encontrarle una impugnación válida.


La segunda parte del documental es todavía más injusta y triste. Se acaban las nostalgias de los recitales, se acaba la música y aparecen en video puro y duro los ex Reincidentes dando testimonio sobre el final de su proyecto. Como toda historia de amor que se acaba, las partes están tristes, de a uno se echan la culpa a si mismos y al otro y piensan que capaz, el esfuerzo invertido no valió la pena para que todo termine en fracaso. Hasta alguno llega a pronosticar que en unos años nadie se va a acordar de La Pequeña Orquesta de Reincidentes. Como dolientes de este entierro, no pueden tomar perspectiva histórica y el documental tampoco lo hace por ellos.


¿Qué sois ahora? se define desde el título. Cuestiona el estatuto actual del preguntado y pone a su vez en duda el recuerdo de su pasado. Vuelve presente y pretérito dudosos, los cuestiona en su legitimidad y vigencia, no se permite pensar que solamente las casi dos décadas de buena música alcanzan para pensar a los Reincidentes como exitosos aunque no pudieran sostener el proyecto en el tiempo. Después de ver el documental, todos nos vamos un poco tristes, pero por lo menos, fue una excusa para ver por un rato otra vez en acción a estos vencedores, aunque los muy tontos se creen vencidos.


(En el Bafici también se presentan en vivo los proyectos solistas de los ex P.O.R.. Ayer tocó Acorazado Potemkin; hoy a las 22.30 Guillermo Pesoa, y el viernes a la misma hora es el turno de Malyevados)

El otro lado

Por Paola Simeoni

Para disgusto de fóbicos, egocéntricos, ariscos y asociales en general, desde que un día Adán se despertó y se dio cuenta de que su costilla se llamaba Eva, existe una cosa tan aterradora como apasionante llamada Los Otros. Reproducidos y multiplicados, Los Otros se desparramaron por el mundo y no solamente se contentaron con su singular otredad sino que crearon diferencias más complejas como otras culturas y otras idiosincrasias. Y en este primer día de BAFICI por casualidad me tocaron ver al hilo tres películas con tres maneras distintas de mirar, enfrentar y, algunas veces, darse de narices con lo diferente.

En la primera, Música campesina, un chileno enamorado viaja al sur de los Estados Unidos siguiendo a una nativa, pero la historia le sale mal y queda solo y perdido en tierras extranjeras. Esta mini historia de supervivencia se plantea como la épica de conquista de cualquier inmigrante en tierra extraña. Aunque no pase demasiadas necesidades y siempre tenga abierta ante sí la opción de volverse a su país (se nos hace saber con muchos detalles que el pibe es de clase media instruida), el viajero tiene que enfrentarse y cumplir con cada uno de los tópicos del latino en Estados Unidos: trabaja limpiando y arreglando cosas, tiene que explicar que un chileno no es exactamente lo mismo que un ecuatoriano o un mexicano y se desespera por defenderse en un idioma que no es el suyo y del cual sus hablantes piensan que es el único en el mundo. El escritor y director Alberto Fuguet, sin ninguna bajada de línea grosera, va describiendo los puntos altos y bajos de las dos culturas que se enfrentan y pronto todos nos contagiamos la desolación del protagonista en ese páramo de rubios con rosácea, cerveza, autopistas, comidas rápidas y música country. Sin embargo, avanzada la trama, pacientemente, ambas idiosincrasias se van entrelazando para que, conservando las diferencias pero ya no asustándose una de la otra, terminen conviviendo amistosamente en un sillón destartalado.


La segunda, Amateur, es un documental sobre un dentista entrerriano que tiene un millón de hobbies, pero el principal es ser realizador no profesional de westerns en formato súper 8 casero. Jorge Mario está enamorado del esplendor de la cultura yanqui que veía en las películas de vaqueros de su infancia e intenta emularlas con los recursos que tiene a su disposición. En este documental la cultura extranjera se trasplanta por imitación y consigue un involuntario resultado humorístico parecido a un capítulo de Cha Cha Cha. Ojo, no soy tan tonta, la película en realidad quiere contar otra cosa, el retrato de un megalómano, de un apasionado que intenta conquistar el mundo desde un lugar perdido de Argentina haciendo todas las actividades que tiene a su alcance. Pero también habla un poco del tema que me ocupa hoy, de cómo forjamos nuestra identidad a partir de la visión de los otros y de cómo un aparato cultural como es el cine resulta auténtico en alguna de sus manifestaciones solamente en el lugar donde fue creado.


Por último, esta trilogía baficística termina con Canción de amor. Este es más que nada un documental de observación, que se dedica a mostrar los lugares públicos en los que circulan las canciones románticas en sus facetas populares. Uno tras otros vamos viendo en escenas un poco largas locaciones como bailantas, cabarulos, geriátricos, vagones de subte o micros en los que las canciones ofician de música funcional o excusa de reunión. Kari Idelson parece tener la idea de que a esa música “grasa” le corresponde un público feo y no se esconde en medias tintas para mostrarlo. Nadie es feliz en sus escenas (salvo los novios que bajan de una escalinata fosforescente, quizás, pero hasta en ellos su euforia se ve impostada) y en nada Idelson puede encontrar belleza. Debe ser porque siente que Los Otros que está observando son muy distintos a ella y al público que va a ir a ver su documental, por eso, decide distanciarse, dejar su cámara quieta y exhibirlos un poco zoológicamente como demostración de la tesis que venía pensando. Inclusive, hasta a veces decide recortarlos, mostrar solamente algunas partes de sus cuerpos o de sus ambientes para resignificarlos en imágenes abstractas, como para indicar que hasta en esos lugares un director de cine con inquietudes estéticas puede encontrar un poco de “arte”. En Canción de amor Los Otros no dialogan, se chocan, se miran de costado y se tranquilizan en la diferencia.


Busquen algunas, descarten otras, de estas tres películas tres en las que podemos gritar: ¡Viva la diferencia!

El Bafici no se mancha (BAFICI 2011)

Por Cecilia Simeoni

Llegaba a la proyección tarde, corriendo a último momento y con miedo de que la celosa organización del Bafici (que este año decidió descargar su furia sobre mi raza de impuntuales) no me dejara entrar. Las luces ya estaban apagadas y la primera sorpresa fue encontrar la sala llena hasta el punto de que solo la segunda fila estuviera libre. Algo bueno está pasando en Buenos Aires si un documental agota localidades, pensé ilusamente. Pero recuperado el aliento de la corrida, frente a las primeras imágenes de la película que mostraban la Bombonera sospeché que algo no estaba bien: al grito de La Doce que salía de la pantalla en algo que parecía un esmerado efecto de sonido cuadrafónico, se sumó desde las plateas un coro muy vívido que dejaba oír “Boca yo te sigo a todas partes y cada día te quiero más…“.

Con más temor que curiosidad giré sobre mi asiento y ahí, ante mis ojos que lentamente se iban acostumbrando a la penumbra de la sala mal iluminada con los resplandores azul y oro de la pantalla, vi, sin dar crédito a lo que sucedía, un mar de camisetas bosteras. Era una sucesión de caras enardecidas que miraban las imágenes y al mismo tiempo goleaban la butaca de enfrente. Mechados entre anteojos de marcos oscuros o de carey y chicas con carteras de Puro estaban ellos. De alguna forma habían llegado hasta ahí y la platea era suya y, crease o no, por una hora y pico, el Bafici fue parte de la mitad más uno.

Football is God es un documental filmado por un danés que, entre admirado y alarmado, descubre que en un remoto país de nombre plateado y junto a un río tranquilo y marrón existen raros personajes que hicieron del fútbol algo más que un simple deporte: lo convirtieron en su forma de fe. El director sigue con ojo curioso la vida de tres personas en especial. La primera es la tía, una señora encantadora pero absolutamente excesiva que abre la boca con la misma pasión para expresar su amor a sus ídolos deportivos, putear a los jugadores contrarios o rezar al Altísimo para conseguir buenos rendimientos para su equipo. Pero La Tía también es una tía en el sentido familiar de la palabra y de la forma más entrañable persigue a los jugadores para regalarles caramelos, recordarles que deben comer bien u obsequiarles calzoncillos para sus cumpleaños. El segundo personaje es un chico fan de Maradona que sueña con tener un hijo para ponerle Diego de nombre y que no sólo oficia en la Iglesia Maradoniana sino que festeja cada cumpleaños del Diez y conserva su palabra con la severidad de comprometido feligrés. Por último, el tercer protagonista lleva su fe futbolística a un lugar más lejos. Para Hernán Boca es todo: megafuerza omnipresente que da sentido a su vida, emoción a sus días y definición de su identidad.


La mirada de Ole Bendtzen muestra esas vidas con respetuosa objetividad que resulta acrítica, aunque a todas luces el fanatismo en cuestión no deja lugar a duda sobre la insania de fanático en cuestión. Locura asumida, por lo menos por uno de ellos de quien presenciamos la sesión terapéutica a la que asiste en busca de ayuda para aprender a moderar ese amor que le pesa como una adicción. Esta objetividad está sostenida por la belleza con que se muestra a otros fanáticos, los comunes, los normales, desmesurados pero bien, parece decir. Hay cámaras tan cercanas e invisibles que se mimetizan y parecen no existir, entrevistas que esperan a que el invitado cuente lo que quiere decir y no sólo responda a la pregunta. Y también hay un registro de pequeños detalles que nos hablan de estos místicos del fútbol pero también de personas, seres humanos con vidas, entornos, afectos.


Yo no sé que esperaban encontrar los extrapolados de La Doce en el Hoyts copado por cinéfilos chistantes, yo no sé cómo llegó a la sala el chico rubio que pensó que era oportuno arrodillarse y besar la pantalla que mostraba un gol de Palermo o el que emitió un sonoro pedo bucal durante un sutil ralentí de papelitos flotantes. Yo no sé que pensaba el gringo sentado al lado mío cada vez que me consultaba con mirada urgente si debíamos escaparnos de esa horda o si estábamos seguros, pero los que sí sé es que, si el director estuvo presente esa noche en la sala, se llevó en la retina material para filmar una secuela de este su documental.

En simultaneo con ¡Esto es un bingo!

23 de noviembre de 2010

Soy linda

En simultaneo con ¡Esto es un Bingo!, reseñamos lo que más nos gustó del festival de Mar del plata

La peluquera / Doris Dörrie / 2010 / Alemania

The hairdresser no podría haber sido escrita por un hombre. No se asusten, no nos vamos a despachar en este post con reinvindiaciones feministas sobre lo que puede o no puede hacer cada género. Solamente decimos que el punto de vista que define la película toda es esencialmente femenino.


Doris Dörrie, en su primera película con guión ajeno, cuenta la historia de Kathi, una mujer pasada de peso de la ex Alemania del Este que busca cumplir su sueño de convertirse en peluquera y, al mismo tiempo, aprender a manejarse en las reglas de un capitalismo que todavía le resulta antinatural. El ojo femenino de la directora construye la historia desde detalles que solamente podría ver alguien con polleras. Así podemos despegarnos del contexto histórico y local en que se enmarca la película, y ver la experiencia de Kathi como la de cualquier mujer. La protagonista goza del talento femenino de mantener al mismo tiempo varias pelotas en el aire: sobrelleva la conflictiva relación con su hija, intenta adaptarse a la soledad y encontrar trabajo en un mundo que se empecina en marcarle que no encaja en el promedio.


Kathi es encantadora cuando facilmente podría resultar fastidiosa. Es gorda sin rodeos en un ambiente post caída del muro que quiere entrar en el mundo de la imagen y el consumo con cierto complejo de inferioridad. Es optimista militante a pesar de que su vida apesta, y colorida en un universo más bien gris y rectilíneo. La ciudad de Berlín, tanto en sus monoblocks comunistas como en los nuevos shoppings capitalistas, parece dura y recta frente a las curvas generosas y coloridas de la protagonista, a los colores amables y luminosos de su casa y las sucesivas capas de sus peinados. Dörrie muestra el cuerpo de Kathi sin atenuar su gordura, pero esa generosidad de volúmenes no aparece como un problema sino como un conjunto totalmente estético y bello que hace ver con recelo la delgadez anoréxica de otras mujeres en la historia. Las imágenes nos anticipan estas ideas muy claramente en las primeras escenas y cuando los diálogos o las situaciones nos las explicitan ya las sentimos naturales, como si formáramos parte de ese universo desde siempre.

Hay algo de una porfiada positividad en la historia que podría haber sido un panfleto de autoayuda pero que en la película no lo es y funciona, justamente, por antinaturalista. Cuando Kathi, sonriente y llena de mechitas de colores, nos dice que perdió todo en su vida y en cualquier momento una esclerosis múltiple la va a dejar postrada como una planta, cuando es despedida de un centro de estética por poco estética o cuando es abandonada en la frontera de Polonia con un contingente de vietnamitas ilegales, el melodrama viene galopando. Pero nunca llega ya que nuestra fornida heroína parece tragarse junto con su último almuerzo todas las miserias del mundo, digerirlo, filtrarlo por su tamiz y devolverlo hecho pensamientos positivos y hermosos sentimientos comunitarios.


Muchos directores buscando romper con estéticas anteriores caen en clichés y repiten fórmulas. Doris Dörrie, en cambio, goza de un lenguage nuevo y propio que, ni apáticamente minimalista, ni cínicamente desencantado, hace política de género sin desplegar banderas y lee el mundo sin caer en didactismos.

Paola y Cecilia Simeoni

18 de abril de 2010

Apuntes de nuestro Bafici privado (Pao y Ceci) III

Alamar (Pedro González Rubio)
El padre y el hijito tienen que separarse: el nene va a viajar a Italia con su mamá y pasan los últimos días juntos en una especie de paraiso de pescadores cazando bichos amaestrando a un pájaro y poniéndose un poco tristes(solamente un poco). Bonita película con excelénte foografía que ayuda a transitar la histria y contruye con detalles mínimos la relación filial. El nene (que no se me ocurre cómo puede ser más lindo) y un pájaro meterete se roban la película
Recibe 7 Ñoños conmovidos y relajados.

Bummer summer (Zach Weintraub)
Semi road movie que presenta un amable triángulo entre dos hermanos y la ex de uno de ellos . Filmada en un Blanco y negro pleno que remarca los contrastes tiene una hermosa fotografia con cuidado en la compocisión de los planos.Su tratamiento de imágen entretiene sin distraer.Dice mucho diciendo poco, compone personajes creibles y entrañables de los que debería aprender el nuevo cine argentino con sus personajes abúlicos.
gana en buena ley 9 ÑOÑOS que se quedan pensando si no deberían ser 10().

Cuchillo de palo (Renate Costa)
Parece que estan de moda los documentales en los que el director saca los trapitos sucios al sol y reconstruye su historia familiar frente a las cámaras. Aparentemente la directora tenia un tío puto, un 108 como se los llama en Paraguay, que murió en circustancias poco claras, y decidió hacer un documental para recostruir sus historia. Podria ser uno más de tantos, pero en este caso la fórmula funciona muy bien.
Las fuentes a las que la sobrina amorosa recurre son los amigos de su tío y su propio padre (hermano del muertito). De esta forma el documental hace dos recorridos paralelos: para un lado el público, el social que refleja la persecucion de los homosexuales durante la dictadura de Stroessner; y por el otro, el privado, el familiar, que termina hablando de la actual intolerancia que sigue existiendo entre los paraguayos sobre el tema. Pero al mismo tiempo, se cuela otra historia que nada tiene que ver con la historia del tío : para la entrevista, la directora pasa mucho tiempo con su padre con el que no tenía contacto fluido desde hacía años. Como una música de fondo, esta relación (o la posibilidad de recontruir esta relación) va tomando fuerza de a poco y termina por ser casi más fuerte que el cometido original.
Recibe 9 Ñoños gay friendly (no 10 porque la voz narradora en off, por momentos suena demasiado afectada)

13 de abril de 2010

Apuntes de nuestro Bafici privado (Pao y Ceci) II

Secuestro y muerte (Rafael Filipelli)

Hay que reconocer el mérito que tiene meterse con un tema tan controvertido. Y habría que sumarle el segundo valor de no caer en el panfleto fácil (ni para un lado ni para el otro). La peli se mueve en un justo medio neutral y ese quizá sea su gesto más osado (vaya nuestra felicitación a Sarlo por poner en la jaula a su gorila interior que quizá pudo contener porque nunca sus parlamentos pronuncian la palabra "Eva").
Dicho esto hay que decir que la película es aburrida. Uno siente todo el tiempo que los directores no tenían mucho que decir. ¿Para qué eligiero esta historia?¿ Qué quieren contar? Los hechos ya son conocidos y, además, si de casualidad el espectador nunca transitó por esa parte de la historia argentina, el título se encarga de recordarla. Sin embargo queda un misterio importante que revelar: ¿quién le dijo a Enrique Piñeyro que puede actuar?

le damos 3 Ñoños Gorilas y 2 Ñoños descamisados

Rompecabezas (Natalia Smirnoff)

Esta película, desde un plateo chiquito y poco pretencioso, logra contar una historia que conmueve y entretiene . Aprovecha las virtudes del cine de alta definición para un hermoso tratamiento de imagen: el lente se acerca todo lo posible a sus protagonistas y hace disfrutar de las texturas y luces cálidas sin parecer afectado.
Cuidadísimas actuaciones, en especial María Onetto que posee la facultad de llevar un guión paralelo para una cara que podria prescindir perfectamente de los diálogos.

La alegria que nos causó se agradece con los 9 Ñoños que le damos.

La bocca del lupo (pietro Marcello)

Pelicula rara que desorienta al espectador durante la primera media hora. Sospechamos que hay algo que se nos va a contar, pero sólo se nos muestran imágenes y audios inconexos de una historia de la que no sabemos ni cuando ocurre ni quienes son sus personajes.
Pero, como un sedimento, capa sobre capa, la historia va tomando forma y resignificándose con las hermosas escenas que se intercalan como un videoclip cinéfilo.
Para cuando la película estalla (mucho más allá de la mitad y cuando sospechábamos que se trataba de uno de esos pijazos experimentales que nunca puede faltar en cualquier festival) en la sorpresiva verdad de la historia , parece que todo lo visto antes tiene sentido y ayuda a entender lo que se cuenta sin escándalo y tiernamente.
Una apuesta muy osada que a pesar de todo funciona . Le damos 8 Ñoños

Putty hill (Matt Porterfield)

Unos chicos perjudicados, con padres solamente un poco menos perjudicados que ellos, se juntan para ir al velorio de uno de sus amigos que se perjudicó un poco más de la cuenta.
Alguien nos dijo antes de entrar que era un Gus Van Sant, pero peor, y quizá esta definición sea buena . Entre un documental y una ficción, con un raro acierto de la voz fantasma que entrevista a los protagonistas desde atrás de la cámara y hacen que hablen con toda naturalidad sobre sus intimidades.
La peli se hace un poco larga y por momentos invita al cabeceo (combide que alguna de las que firman aceptó) . Pero hay que darle el beneficio de la duda ya que era la 5ta pelicula del día y nuestra alma cinéfila quizá ya no estaba tan predispuesta a aceptar un film que se regodeara en la lentitud. Por eso y porque su director (especie de Mozz en la época de The Smith) estaba emocionadisimo de tener la sala llena y no paraba de sacar fotos, vamos a ponerle 5 Ñoños adormecidos

La Pivellina (Tizza Covi, Rainer Frimmel)

Una familia circense romana se encuentra en una plaza a una nena de tres años y la cuida por unos días hasta que la madre pase a recogerla. La historia es inventada, pero los protagonistas no. La familia realmente trabaja en un circo y vive en esos carromatos donde transcurre la acción, y la nena de tres años es, efectivamente, una nena de tres años.
Al principio la chica nos cae simpática, toda vestidita de rosa y con esos rulitos tan lindos, pero a la media hora ya nos empiezan a fastidiar un poco sus gracias. En lo que a ella respecta, la película, por reiterativa, parece esos videos caseros que los padres babosos exhiben orgullosos a gente como nosotras, que solomente queremos a los chicos de nuestra familia, y a veces, con algunas reservas.
Sin embargo, el verdadero rasgo de ternura lo encontramos en el registro de estos tanos brutos, tan naturales e inocentes en sus gestos caseros y en su cuidado de la nena.
Por eso, y porque amenazas como io te amasso! o te voy a dar un eschiaffo nos hace acordar a nuestra propia niñez, le demos a la Pivellina 6 ñoños del BAFICI