("1810: La revolucion vivida por los negros", Washington Cucurto, Ed. Emece.) “Que hablen de mí, aunque sea para destrozarme”. Esa parecería ser la premisa fu
ndamental que guía la obra de Santiago Vega, cuando se pone tras la máscara de Washington Cucurto. Un fenómeno bastante particular. Para algunos solamente un gran vendedor de humo, para otros uno de los pocos escritores realmente revolucionarios de la narrativa argentina.
Para entenderlo quizás serviría una comparación con “la cumbia villera”. La gente que consume ese estilo de música, ante cualquier planteo que busque poner en duda su calidad, contesta que no es “calidad” lo que buscan, sino diversión. Algunos, van mas allá con la defensa, y plantean que es un género que hace eco de una cultura diferente, normalmente excluída de la sociedad. Esos mismos argumentos son los que suelen encontrarse en los defensores de la literatura de Santiago Vega.
Las similitudes entre ambos estilos son muchas. Comparten el mismo registro de palabras y el mismo imaginario (mujeres como objeto sexual, el protagonista como una suerte de sex machine, la cumbia como puerta a la felicidad, entre otras cosas). También el estilo de humor es similar, siempre optando por el chiste fácil.
Incluso en la forma de presentar la “crítica social” ambos estilos son parecidos. Una especie de bombardeo de lugares comunes, sin demasiada elaboración ni pretensión más allá de decir lo que todo el mundo sabe. Podría interpretarse esto último como parodia, apelando a la imagen del “cabeza”. Pero eso dejaría sin argumentos a quienes ponen a Vega en el rol de portavoz de los “marginados”, y lo volvería un simple escritor humorístico que repite una y otra vez el mismo prejuicio.
Pero la comparación se trunca en el momento en el que los libros de Washington Cucurto, a diferencia de “la cumbia villera”, no son consumidos por la clase social de la que supuestamente se hacen eco. Es probablemente mas fácil encontrar un léctor suyo en la zona de Palermo Viejo que en el Gran Buenos Aires.
Pero aun aceptando las virtudes que suelen atribuírsele, se hacia evidente que su obra estaba cayendo en la repetición. Al insistir siempre con el mismo “chiste”, empezó también a perder lo divertido. Lo novedoso de sus cuentos, poesías y novelas ya estaba dejando de ser tal, desde el momento en el que todas ellas giraban alrededor del mismo tópico.
Es por eso que la primera sensación que uno tiene cuando lee “1810, la revolución vivida por los negros”, es que se trata de un intento de Cucurto de darle aire fresco a su obra.
El libro se abre con un prólogo ficcional, sumamente irónico, en el que Santiago Vega le propone a Cucurto reescribir la historia para revolucionarla, al igual que revolucionó la literatura. En él no deja pasar la oportunidad para, de paso, soltar algunos palazos contra el canon y la crítica adversa a sus obras.
Finalizado el prólogo esboza una suerte de manifiesto “cumbiantero”, donde repite más o menos lo mismo que puede leerse en cualquiera de sus otros libros, y recién entonces empieza el libro en si.
Argumentalmente, la historia plantea que la familia Cucurto es en realidad descendiente de un hijo ilegítimo de San Martín. A partir de esa premisa se arma una reescritura del periodo de independencia del país.
Obviamente se trata de un libro auto-paródico, donde no solo no se pretende ningún tipo de factibilidad histórica, sino que también abundan los chistes anacrónicos, con hechos de la realidad actual. Los soldados de la revolución son esclavos traídos de África, que disfrutan de una música antecesora de la cumbia, fumando una hierba traída de África (antecesora de la marihuana), y pasan el tiempo montando enormes orgías.
En el caso de que uno no se haya visto abandonado por el deseo de leer el libro después de ver la tapa (Vega disfrazado de San Martín con un traje en tonos rosas), leyendo el prólogo quizás podría tentarse ante lo supuestamente original de la propuesta. Pero la realidad es que la originalidad no pasa de ser un espejismo.
Lejos de encontrar la visión “cucurtiana” de la revolución, lo que uno encuentra es exactamente lo mismo que en otros libros de Vega, con cambios sutiles en los sustantivos. La originalidad por momentos parece limitarse a hacerle decir a San Martín lo mismas palabras que en otros libros dice Cucurto, o cambiarle levemente el nombre a la cumbia o la marihuana.
Una vez despojado del rol de portavoz de la clase popular, a Santiago Vega solo le queda su mote de revolucionario u original para defender su obra. Pero esa característica la esta perdiendo lentamente al copiarse una y otra vez a si mismo.
El único punto de vista bajo el que se le podría encontrar una virtud a “1810: La revolución vivida por los negros”, es el de una suerte de manifiesto en contra del canon. Una burla a si mismo y a la vez al mercado editorial, al publicar en Emece una novela que parece escrita en una noche, bajo los efectos lapidarios de alguna sustancia tóxica.
Pero al finalizar el libro y meditar sobre los treinta y ocho pesos que uno tuvo que pagar para leerlo, más bien lo que se siente es que la burla fue contra uno mismo.
ndamental que guía la obra de Santiago Vega, cuando se pone tras la máscara de Washington Cucurto. Un fenómeno bastante particular. Para algunos solamente un gran vendedor de humo, para otros uno de los pocos escritores realmente revolucionarios de la narrativa argentina.Para entenderlo quizás serviría una comparación con “la cumbia villera”. La gente que consume ese estilo de música, ante cualquier planteo que busque poner en duda su calidad, contesta que no es “calidad” lo que buscan, sino diversión. Algunos, van mas allá con la defensa, y plantean que es un género que hace eco de una cultura diferente, normalmente excluída de la sociedad. Esos mismos argumentos son los que suelen encontrarse en los defensores de la literatura de Santiago Vega.
Las similitudes entre ambos estilos son muchas. Comparten el mismo registro de palabras y el mismo imaginario (mujeres como objeto sexual, el protagonista como una suerte de sex machine, la cumbia como puerta a la felicidad, entre otras cosas). También el estilo de humor es similar, siempre optando por el chiste fácil.
Incluso en la forma de presentar la “crítica social” ambos estilos son parecidos. Una especie de bombardeo de lugares comunes, sin demasiada elaboración ni pretensión más allá de decir lo que todo el mundo sabe. Podría interpretarse esto último como parodia, apelando a la imagen del “cabeza”. Pero eso dejaría sin argumentos a quienes ponen a Vega en el rol de portavoz de los “marginados”, y lo volvería un simple escritor humorístico que repite una y otra vez el mismo prejuicio.
Pero la comparación se trunca en el momento en el que los libros de Washington Cucurto, a diferencia de “la cumbia villera”, no son consumidos por la clase social de la que supuestamente se hacen eco. Es probablemente mas fácil encontrar un léctor suyo en la zona de Palermo Viejo que en el Gran Buenos Aires.
Pero aun aceptando las virtudes que suelen atribuírsele, se hacia evidente que su obra estaba cayendo en la repetición. Al insistir siempre con el mismo “chiste”, empezó también a perder lo divertido. Lo novedoso de sus cuentos, poesías y novelas ya estaba dejando de ser tal, desde el momento en el que todas ellas giraban alrededor del mismo tópico.
Es por eso que la primera sensación que uno tiene cuando lee “1810, la revolución vivida por los negros”, es que se trata de un intento de Cucurto de darle aire fresco a su obra.El libro se abre con un prólogo ficcional, sumamente irónico, en el que Santiago Vega le propone a Cucurto reescribir la historia para revolucionarla, al igual que revolucionó la literatura. En él no deja pasar la oportunidad para, de paso, soltar algunos palazos contra el canon y la crítica adversa a sus obras.
Finalizado el prólogo esboza una suerte de manifiesto “cumbiantero”, donde repite más o menos lo mismo que puede leerse en cualquiera de sus otros libros, y recién entonces empieza el libro en si.
Argumentalmente, la historia plantea que la familia Cucurto es en realidad descendiente de un hijo ilegítimo de San Martín. A partir de esa premisa se arma una reescritura del periodo de independencia del país.
Obviamente se trata de un libro auto-paródico, donde no solo no se pretende ningún tipo de factibilidad histórica, sino que también abundan los chistes anacrónicos, con hechos de la realidad actual. Los soldados de la revolución son esclavos traídos de África, que disfrutan de una música antecesora de la cumbia, fumando una hierba traída de África (antecesora de la marihuana), y pasan el tiempo montando enormes orgías.
En el caso de que uno no se haya visto abandonado por el deseo de leer el libro después de ver la tapa (Vega disfrazado de San Martín con un traje en tonos rosas), leyendo el prólogo quizás podría tentarse ante lo supuestamente original de la propuesta. Pero la realidad es que la originalidad no pasa de ser un espejismo.
Lejos de encontrar la visión “cucurtiana” de la revolución, lo que uno encuentra es exactamente lo mismo que en otros libros de Vega, con cambios sutiles en los sustantivos. La originalidad por momentos parece limitarse a hacerle decir a San Martín lo mismas palabras que en otros libros dice Cucurto, o cambiarle levemente el nombre a la cumbia o la marihuana.
Una vez despojado del rol de portavoz de la clase popular, a Santiago Vega solo le queda su mote de revolucionario u original para defender su obra. Pero esa característica la esta perdiendo lentamente al copiarse una y otra vez a si mismo.
El único punto de vista bajo el que se le podría encontrar una virtud a “1810: La revolución vivida por los negros”, es el de una suerte de manifiesto en contra del canon. Una burla a si mismo y a la vez al mercado editorial, al publicar en Emece una novela que parece escrita en una noche, bajo los efectos lapidarios de alguna sustancia tóxica.
Pero al finalizar el libro y meditar sobre los treinta y ocho pesos que uno tuvo que pagar para leerlo, más bien lo que se siente es que la burla fue contra uno mismo.
La poesía de Sabina – no la mejor, pero suya al fin-, más la maquina de hacer hits de Fito Páez -quizás el único talento que aún conserva. No esta lo mejor de ninguno de los dos en este disco, pero la mezcla les salió perfecta. He puesto repeat de lo lindo con él, y he puteado muchísimo porque no hubo presentación en vivo.
Si, Fito esta dos veces en la lista de mis preferidos, ¿y qué? Cuando escribí que había algunos que seguramente ahora no escucharía, juro que era este disco el que tenía en la cabeza. Pero no llego a tener claro si es porque las canciones quedaron viejas o porque como tiene tantos “hits”, ya están todos absolutamente quemados. Lo que si se es que en su momento le saque el lustre de lo lindo a este CD, el primero que habitó en mi casa con ese formato. Ni hace falta nombrar las canciones, todos las conocemos.
Seru Giran pero con Charly en su mejor momento, Pedro Aznar más maduro después de su viaje a Estados Unidos y sin la grasa de David Lebon, que aporta a este disco lo mejor de si mismo, es decir, su ausencia.
La cima antes de la bajada. El mejor Calamaro por donde se lo mire, más prolijo, mejores letras, sus mayores hits. Canciones para todos los gustos, desde hits con letras pegadizas y tontas, hasta baladas tristes con letras cuidadas.
Un disco redondito. Después de la furia claustrofobica de "Cazuela", Bochaton se despacho con este EP donde no sobra absolutamente ningún tema. Si a eso le sumamos el trabajo de depuración que hizo Cerati con el sonido, el resultado es obvio. Repeat loco durante horas. “22:33”, “Pinamar”, “Puerto Amar”, las mejores canciones de la carrera del amigo Bochaton.
La perfección hecha disco. Alguien podría decirme que es trampa, porque es en realidad una suerte de “grandes éxitos”. Pero muchas de las versiones de este disco son parientes lejanas de las versiones originales. Si Melero se dedicara a sacar más discos como este y rompiera menos con la electrónica, muchos nos sentiríamos agradecidos.
Disco que jamás me cansare de oír. Ya supero los treinta años y si lo sacara una banda hoy por hoy seria elogiada por su actualidad y calidad. Lo mejor de Spinetta, y sin el factor somnífero que atenta contra la mayoría de sus trabajos. “Todas las hojas son del viento”, “Bajan”, “Cementerio club”, “Las cantatas de los puentes amarillos”, y “Por”, quizás la mejor letra de la historia del rock nacional. Imposible no enviciarse con este disco.
Mi disco preferido, de mi banda preferida. Me acuerdo cuando los conocí, baje “The Wrong Girl” de internet. Acto seguido y sin más preámbulo baje toda la discografía. Y fui escuchando tema por tema, disco por disco, sin desilusionarme jamás. Salvo quizás por el último disco. De todas formas, si es difícil encontrar una canción de ellos que no me guste, hay que estar seguro que no es en este disco donde se va a lograr. “I fought in a war”, “The chalet lines”, “Family tree”, y el ya nombrado “The wrong girl”, todas canciones dignas de figurar en un top ten de mis canciones preferidas.












Achtung baby. U2: El disco en que los U2 dejaron las calzas negras para decidirse a hacer música del siglo XXI. Cuando Achtung llegó a los minicomponentes doble casetera no entendimos demasiado, pero nuestros oídos de medio pelo sospecharon que nacía un clásico y no se equivocaron.
You are the Quarry. Morrissey: Mozz resucita de sus cenizas y se digna de enseñarnos a todos porqué es el mejor de Los Smiths.

Desintegration. The Cure: Canciones con un nudo en la garganta, oscuridad y golpes bajos, instrumentaciones interminablemente bellas, la voz decadente de Robert Smith y "Pictures of you" hacen de Desintegration el combo perfecto para todo buen depresivo con sensibilidad musical.
El Album. Fricción: Por Richard Coleman encadenado a un micrófono cantando "Héroes", y listo.
Esta boca esta boca es mía. Joaquín Sabina: representa la música española, pero bien. Siempre en el delicado límite entre lo simple y lo grasa, entre lo directo y lo chabacano, Joaquín Sabina aprovecha el idioma para que sus canciones se vuelvan poesía.
Mundo de Acción. Francisco Bochatón: cuando Bochatón se volvió menos Girondo y más romántico. "El candado", "Vida Simple" y otras son obras eternas del gran cantautor desafinado platense.
Foreign Affairs. Tom Waits: quizás el más redondo de los discos del viejo Tom. Un clásico para escuchar copa en mano
Grandes Exitos. Miguel Bosé. Como si esta lista no fuera lo suficiente incoherente y ecléctica, dejé para el nro. 11, fuera de programa, como suerte de confesión final, de esas que se guardan para pasada la medianoche susurrar vergonzosamente, al gran Miguel. Bosé no tiene un disco entero bueno, por eso este grandes hits con su foto en la tapa resulta perfecto para tener en nuestras discotecas al admirado efebo español. Las mejores canciones de su repertorio para canturrear mientras se limpia la casa o en un viaje en colectivo. Si, chorrea grasa, pero lo banco a Bosé.



Sus libros los editaba él mismo, limitándose a una distribución de puerta en puerta, con sus librerías amigas, confinándose a un grupo de selectos y fieles seguidores.
Pero las diferencias existen y son marcadas, para empezar en sus dibujos. Mientras Burton pertenece más al mundo de la historieta, con dibujos caricaturescos y rasgos exagerados, Gorey es más realista. También es más detallista. Cada viñeta de "La pareja abominable" merece ser observada con mucho detenimiento, ya que está minada de pequeños detalles, desde la expresión de los personajes hasta los cuartos en los que se encuentran. Por momentos parecen verdaderos cuadros.
El libro comienza a todo trapo, con la historia que le da el nombre al libro, "La pareja 



