14 de abril de 2011

El Bafici no se mancha (BAFICI 2011)

Por Cecilia Simeoni

Llegaba a la proyección tarde, corriendo a último momento y con miedo de que la celosa organización del Bafici (que este año decidió descargar su furia sobre mi raza de impuntuales) no me dejara entrar. Las luces ya estaban apagadas y la primera sorpresa fue encontrar la sala llena hasta el punto de que solo la segunda fila estuviera libre. Algo bueno está pasando en Buenos Aires si un documental agota localidades, pensé ilusamente. Pero recuperado el aliento de la corrida, frente a las primeras imágenes de la película que mostraban la Bombonera sospeché que algo no estaba bien: al grito de La Doce que salía de la pantalla en algo que parecía un esmerado efecto de sonido cuadrafónico, se sumó desde las plateas un coro muy vívido que dejaba oír “Boca yo te sigo a todas partes y cada día te quiero más…“.

Con más temor que curiosidad giré sobre mi asiento y ahí, ante mis ojos que lentamente se iban acostumbrando a la penumbra de la sala mal iluminada con los resplandores azul y oro de la pantalla, vi, sin dar crédito a lo que sucedía, un mar de camisetas bosteras. Era una sucesión de caras enardecidas que miraban las imágenes y al mismo tiempo goleaban la butaca de enfrente. Mechados entre anteojos de marcos oscuros o de carey y chicas con carteras de Puro estaban ellos. De alguna forma habían llegado hasta ahí y la platea era suya y, crease o no, por una hora y pico, el Bafici fue parte de la mitad más uno.

Football is God es un documental filmado por un danés que, entre admirado y alarmado, descubre que en un remoto país de nombre plateado y junto a un río tranquilo y marrón existen raros personajes que hicieron del fútbol algo más que un simple deporte: lo convirtieron en su forma de fe. El director sigue con ojo curioso la vida de tres personas en especial. La primera es la tía, una señora encantadora pero absolutamente excesiva que abre la boca con la misma pasión para expresar su amor a sus ídolos deportivos, putear a los jugadores contrarios o rezar al Altísimo para conseguir buenos rendimientos para su equipo. Pero La Tía también es una tía en el sentido familiar de la palabra y de la forma más entrañable persigue a los jugadores para regalarles caramelos, recordarles que deben comer bien u obsequiarles calzoncillos para sus cumpleaños. El segundo personaje es un chico fan de Maradona que sueña con tener un hijo para ponerle Diego de nombre y que no sólo oficia en la Iglesia Maradoniana sino que festeja cada cumpleaños del Diez y conserva su palabra con la severidad de comprometido feligrés. Por último, el tercer protagonista lleva su fe futbolística a un lugar más lejos. Para Hernán Boca es todo: megafuerza omnipresente que da sentido a su vida, emoción a sus días y definición de su identidad.


La mirada de Ole Bendtzen muestra esas vidas con respetuosa objetividad que resulta acrítica, aunque a todas luces el fanatismo en cuestión no deja lugar a duda sobre la insania de fanático en cuestión. Locura asumida, por lo menos por uno de ellos de quien presenciamos la sesión terapéutica a la que asiste en busca de ayuda para aprender a moderar ese amor que le pesa como una adicción. Esta objetividad está sostenida por la belleza con que se muestra a otros fanáticos, los comunes, los normales, desmesurados pero bien, parece decir. Hay cámaras tan cercanas e invisibles que se mimetizan y parecen no existir, entrevistas que esperan a que el invitado cuente lo que quiere decir y no sólo responda a la pregunta. Y también hay un registro de pequeños detalles que nos hablan de estos místicos del fútbol pero también de personas, seres humanos con vidas, entornos, afectos.


Yo no sé que esperaban encontrar los extrapolados de La Doce en el Hoyts copado por cinéfilos chistantes, yo no sé cómo llegó a la sala el chico rubio que pensó que era oportuno arrodillarse y besar la pantalla que mostraba un gol de Palermo o el que emitió un sonoro pedo bucal durante un sutil ralentí de papelitos flotantes. Yo no sé que pensaba el gringo sentado al lado mío cada vez que me consultaba con mirada urgente si debíamos escaparnos de esa horda o si estábamos seguros, pero los que sí sé es que, si el director estuvo presente esa noche en la sala, se llevó en la retina material para filmar una secuela de este su documental.

En simultaneo con ¡Esto es un bingo!

No hay comentarios: